11 sept 2011

Pedro Juan Gutiérrez.
Entre la pornografía y la desesperación




Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, Cuba, 1950)

Tolstói sin guerra y sin paz, Dostoyevski sin crimen y sin castigo. Montalbán sin su Barrio Chino y Pedro Juan Gutiérrez (PJG) sin La Habana. Todos estos son impensables de similar calibre. El autor caribeño despliega su mundo cubano con la facilidad con la que un geógrafo abre un mapa para mostrarnos la cara más dura (entiéndase con doble sentido) de la isla, a unas pocas millas de Florida y a años luz de los países desarrollados. Su especialidad es la narración corta. Relatos breves en clave autobiográfica que pueden leerse sueltos y permiten ser interpretarlos en conjunto como coordenadas cartográficas que ayudan a entender la vida en la isla. Detalla el día a día de los más pobres, de los más miserables y se desmarca de la clase media:

“...Todo un banquete para un sicólogo. En definitiva, los sicólogos siempre son de la clase media. Pero la clase media nunca se entera de nada. Por eso siempre está aterrada y quiere saber qué está bien y qué está mal y cómo se puede corregir esto y lo otro. Todo les parece anormal. Debe ser terrible pertenecer a la clase media y querer enjuiciarlo todo, así, desde afuera, sin mojarse el culo.” (Anagrama. Trilogía sucia de la Habana)

La prosa de PJG es seca y duele como un directo en plena mandíbula. Busca en el ring la distancia corta con el lector, le abraza, le cala con su sudor, le provoca de palabra. Luego toma un paso de distancia y se marca un breve bailoteo de colorido, describiendo por ejemplo el cielo sobre el malecón de la Habana, antes de agarrarlo de nuevo y escupirle en medio del cuadrilátero otra descripción desgarrada de sus aventuras sexuales. ¿Tanto sexo es gratuito? Sí, aparte del que ofrecen jineteras y pingueros, el sexo es gratuito. PJG arrea puñetazos en unas líneas cargadas de genitales. Puñetazos de los que despejan la mente y muestra que el sexo es un placer que hay que disfrutar porque es una fuente de alegría regalada dentro de un mundo indigente. El sexo supone un disfrute inmediato y exacerbado de la vida frente a una situación sin perspectivas en la que el mismo PJG (su alter ego, escribe a menudo en primera persona) no puede plantearse más que el sobrevivir hasta el día siguiente. En ocasiones, incluso una perspectiva vital de veinticuatro horas le resulta excesiva. PJG muestra su isla donde la gente se apiña hasta el límite en miserables habitáculos, como la masa se concentra en el espacio hasta formar un agujero negro del que no se puede huir. Allí no hay escapatoria posible (salvo montar una balsa con el permiso de las corrientes y los tiburones).

Sexo (mucho sexo), ron (malo, con sabor a petróleo) y mariguana conforman la dieta principal de un PJG que en ocasiones no halla ni qué comer y que en sus vueltas y revueltas por ganarse la vida –o no hundirse en ella– pinta paisajes humanos y habaneros con los trazos justos. Y no olvida el humor cubano, chispeante, nacido de la desesperación. Tampoco escatima en jerga callejera en sus divertidos diálogos, poblados de giros locales.

PJG –su otro yo–, afirma no querer saber nada de política, aunque sus personajes no viven en medio de la nada, sino en la Cuba comunista, la de los ansiados dólares y por aquí no pasa de puntillas el autor. Pero como su paisano Eduardo Padura (autor de El hombre que amaba a los perros) sigue viviendo en su isla a pesar de haber sido ampliamente traducido y gozar de éxito internacional. Y es que, seguramente, su verdadera vocación sea la de ser jardinero en La Habana. Después de haber desempeñado todo tipo de trabajos en su vida, parece haber hallado su verdadera realización en la jardinería. Concretamente en el cultivo de rosas en blanco y negro. Maravillosas rosas de tinta, papel y belleza, que es sabido, que donde mejor crecen es sobre el estiércol. El mismo que PJG remueve a paladas, línea a línea, cubriendo de mierda al agradecido lector, dejándolo atónito ante la rara maestría del cultivador de rosas caribeño.

©Mikel Aboitiz, septiembre 2011

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