30 jun. 2018

Microrrelato


Hasta que comience el cole

El museo exhibía más cuadros que la camisa de Paco Martínez Soria; contaba con docenas de salas y corredores de mármol por los que le gustaba resbalar a primera hora, cuando los visitantes aún escaseaban. Muchos se preguntaban qué hacía un piojo como él, solo, abismado en un Goya, las manos en los bolsillos de los pantalones cortos, mordiéndose el labio inferior con los ojos entrecerrados como un bebé disfrutando un biberón. También lo veían paralizado frente al retrato de Alfonso V, imitando la pose mayestática con la mano en la cadera, jugando como si fuera un espejo y perdiera el primero en moverse. Aquel fue un verano inolvidable de helados al caer la tarde, de horas fresquitas deambulando por el museo, perdido entre turistas, bajo la mirada de abuelo protector del Ramón y Cajal pintado por Sorolla. Fue el verano en el que su padre vigiló sus sueños por las noches, mientras por el día vigilaba los de los artistas hechos sobre lienzos y, al cabo de cada jornada, lo llevaba despacito de la mano a la casa vacía donde le prepararía la cena.

©Mikel Aboitiz

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