11 mar. 2017

Otra historia de abogados

Ante todo, mucha calma


«Das deutsche Volk!», vocea Honorio, mientras el exorcista, a pie de cama, quita hierro al asunto ante la esposa: «La concurrencia de factores laborales, el actualizar las cuentas del bufete, le ha abocado a este estado de posesión. Démosle tiempo. Varios son los diablos que por él pasarán». El cura saca una piruleta de la sotana excusándose, «Estoy dejando el tabaco», e ignorando el grito aflautado y solemne de Honorio, «Españooooles», le rocía con el hisopo. Se hace el silencio y el cura admira la frágil transparencia de la piruleta a la luz de un rayo de sol que se cuela por la persiana, tiñendo de rubio el cabello del poseso. En su rostro, anaranjado y rígido como un cartón, nace una mueca de desprecio: «You little mexican!!!». Se hace el silencio y el cura asiente satisfecho: «Lo tenemos. Pronto será el abogado de siempre. Lo peor ya ha pasado».


©Mikel Aboitiz

3 mar. 2017

En menos de 101 palabras

WC

Debo decidir siempre entre rosa o azul. Esperar el momento adecuado o, mejor, esquivar las pausas del recreo, las colas, las miradas por encima del hombro. Por eso levanto la mano en medio de la clase, ignorando las burlas entre pupitres: «¡Nunca sabe aguantarse!».La libertad es correr al baño por el pasillo vacío. Oír mis pasos acelerados. Dejar atrás a todos los que piensan por mí. Entonces no hay dudas. Ni blanco o negro. Ni rosa o azul. Abro la puerta y solo me pregunto cómo evitaré que noten que ha sido demasiado tarde.

Mikel Aboitiz

8 feb. 2017

Otra historia de abogados

Anónimos quehaceres

Ninguna biblioteca del mundo guarda constancia del anónimo abogado que supo ganarse la confianza de tan insignes mandantes, teniendo el privilegio de asesorarles legalmente. Tampoco consta en epílogos ni en notas aclaratorias su esforzado quehacer. Pero bien es cierto que él representó a Geppetto para mantener la patria potestad de su hijo de madera a cambio de una banqueta. Que por una somera limpieza de bufete interpuso demanda contra unas hermanas antes de que el príncipe azul agasajara a aquella joven doncella con un collar de perlas. Y que, por un pedazo de chocolate, denunció por maltrato y secuestro a una bruja del bosque. Tampoco la tradición oral salva del olvido a este respetable protector de débiles, a este humilde profesional que vio a tiempo las orejas al lobo de la fama y borró sus huellas antes de quedar constancia de su nombre delante del «colorín colorado».


©Mikel Aboitiz

5 feb. 2017


Visitas a la abuela


«Clara, termínate las espinacas y te saco la muñeca». El armario donde la abuela encerraba la muñeca olía a alcanfor y lo llamaba Pepe. Si la madre de Clara se mordía las uñas mirando ausente por la ventana, ella se llevaba la mano al pecho y tanteaba la llave de Pepe. Desaparecía y regresaba con unos billetes para su hija. Salvo la abuela, nadie supo por qué Pepe se llama Pepe ni todo lo que a Pepe le debían. El abuelo, tampoco. Jamás lo supo. Porque los armarios sirven para esconder. Y los secretos de alcoba, mejor es no desvelarlos.

Mikel Aboitiz