13 nov 2022

El matemático

Una botella de brandy de Jerez destapada, dos copas vacías y un reguero de ropa hacia el dormitorio le esperaban a su vuelta anticipada del congreso matemático. No dio la luz, se limitó a reconocer en la penumbra las medias de su mujer, arrugadas entre unos vaqueros de hombre. El silencio, como la sorpresa que le hacía boquear, era absoluto. Soltó la maleta, rellenó una copa y se dejó caer en el sillón. Nevaba en la calle, un mundo en blanco y negro, irreal, fosforescente. Aún llevaba el abrigo puesto. Dio otro sorbo concentrado en los copos descolgándose del cielo a cámara lenta, como diminutos paracaidistas suicidas, incapaces de aportar sentido a aquello. De pronto, el haz de luz del dormitorio le lamió los pies. Entonces descubrió que no necesitaba explicaciones: aquello no era un teorema, sino un axioma. Apuró la copa y se llevó la maleta.

©Mikel Aboitiz

16 oct 2022

Salvaje informa

 

 

Salvada, nuevamente bajo el seudónimo de Mikel Aboitiz, se ha colado entre los finalistas del mes del concurso de microrrelatos de La Red de Abogacía.


Aquí el enlace de su microrrelato:

https://microrrelatos.abogacia.es/microrrelatos/10-2022/sin-luz-ni-epica/


10 ago 2022

Salvaje informa

 

Salvada, nuevamente bajo el seudónimo de Mikel Aboitiz, se ha colado entre los finalistas del mes del concurso de microrrelatos de La Red de Abogacía.


Aquí el enlace de su microrrelato:



24 abr 2022

 Definiciones imprecisas: Llavero

Un llavero es la confirmación del derecho de entrada en algún lugar. Las llaves otorgan un privilegio de acceso que el llavero adorna, aportando un matiz personal. Así los amantes del ajedrez embridan sus llaves a caballos desbocados del tablero, mientras que los amigos de la seguridad las sujetan a cadenas cuyo grosor explica su posición entre la libertad y las ataduras. Desde un simple aro hasta una sofisticada carterita de cuero, los llaveros sirven para custodiar aquello que a otros les es vedado. Y qué contar de los prestados en alojamientos playeros: pelotas descomunales como boyas imposibles de extraviar en la arena, primas hermanas de las bolas de preso a juego con pijamas de rayas. También los hay con inscripciones propias de legionarios, citas de Paulo Coehlo o promesas grabadas («Ven a verme, chato») que se desvelan al franquear el umbral de una puerta, cuando esa puerta es algo más que una metáfora.

En unas vacaciones perdí el llavero del apartamento, con su plaquita naranja y la dirección escrita con cándida letra escolar. En las dependencias de la policía local pude ver un enorme panel, asaeteado por clavitos de los que colgaban llaveros como en un museo de esperanzas perdidas. Ninguno coincidía con la descripción que aporté del mío. Salí cabizbajo y me dirigí al malecón a tomar una botellín de cerveza que comenzaba a calentarse en mi mochila. Con los ojos clavados en la raya del horizonte, curvada hacia los lados como la boca de un destino ensombrecido, destapé la cerveza, cavilando sobre mi mala suerte. Felizmente, las llaves de mi casa en la ciudad aún colgaban del llavero abrebotellas.  

©Mikel Aboitiz, Berlín abril 2022