20 oct. 2016

Reeditados




Microreeditado en atención a J.C.
y a su invencible defensa siciliana en el Catala

Llegas tarde, David Bowie


Llegas tarde, David Bowie. Te esperábamos antes porque ya rebasabas los méritos para estar entre nosotros. Siempre corrieron rumores de que vendrías. Al fin llegas. Ha sido una larga espera. Lou, impaciente, ha vaciado cargamentos de botellas de ron, buscando en sus entrañas, cuándo llegarías. La sonrisa de Freddy se ha ensanchado al cumplir su promesa afeitándose el bigote: «Cuando llegue, me afeito. Yeah!». Después de mucho buscar hueco, Amy podrá enseñarte su tatuaje nuevo: un camaleón con ojos de diferentes colores. Vamos, que aquí estamos la mar de alegres, encendiendo las velas de la tarta de recibimiento, la tarta de los «no más cumpleaños». Lástima que ellos se queden tan tristes, ahí, llorándote. Al fin y al cabo, tienen tus vinilos. Nosotros por fin celebraremos tu venida. Ellos, que pinchen la espiral infinita de tus discos. En sus estrechos surcos no cabe la muerte.


©Mikel Aboitiz

15 oct. 2016

Otra historia de abogados

Cuentos, cuentas y escenas familiares


«Mentir, no dejar testificar a su defendido y apelar fuera de término con la consiguiente inadmisión del recurso, vamos, ¡para partirse la caja! Fallo tras fallo. Ni loco le presto un duro a Juanito para abrir su propio bufete. Mejor soportarlo conmigo», perora Matías apoyado en la barra del bar junto al carrito del niño. «¡Una de mejillones!», vocea el camarero. Él no pierde el hilo: «Si hiciéramos una ecografía de su cerebro a golpe de ultrasonido, saldría esto —Matías muestra al niño una servilleta de papel blanca—: ¡Nada!». La dobla y se limpia las comisuras de los labios, curvadas en una sonrisa de saludo. «¡Hola, papá!» La hija le besa al entrar. «¿Qué cuento interrumpo?». Mira de reojo el carrito. «El de Pinocho», responde Matías. El bebé patalea. «¿Se ha portado tu nieto? Me lo llevo corriendo. Gracias. ¡Ah!, un abrazo de Juan que está en doble fila».



©Mikel Aboitiz

18 sept. 2016

Relatos

Interruptores


Este hombre del antifaz de noche y pijama de rayas sabe que la desesperación es pasar horas en vela, probar mil posturas, abandonar la almohada sobre la cabeza y seguir sin pegar ojo, después de dar con el codo a su esposa, que no para de roncar. Ronca con entrega. Con la perseverancia de una corredora de fondo, mientras él repasa desconsolado nombres, efectos insuficientes y secundarios de relajantes musculares, somníferos e hipnóticos. Este hombre no puede más. Está a punto de ganar medalla olímpica en insomnio. Se levanta, el antifaz caído como el pañuelo de un atracador de sueños, rodea la cama y se arrodilla junto a ella. Cara con cara, la observa fijamente. Duerme dichosa, como si la felicidad fuera un hilito de baba escapando por la comisura de sus labios. Una hemorragia de felicidad que él no puede compartir, pero sí taponar. Con la suavidad de un dedo. Estira el índice con dulzura y un fogonazo de luz la despierta.

©Mikel Aboitiz


10 sept. 2016

Reeditados




La vida pausada 


La cabeza del caracol asoma de su concha como una colchoneta hinchándose a golpe de pulmón, extendiéndose lentamente, titubeante, irresoluta. Ella observa sin pestañear. En sus ojos negros brillan repeticiones minúsculas de su reptar por la hoja, un océano esmeralda surcado por un pesado buque que levanta su rastro húmedo de espumas en la mar. Imagino su alegría al contemplarlo, creo que ella disfruta esos movimientos inseguros, vacilantes, pausados. Si pudiera preguntarle cuánta poesía cabe en la espiral de un caracol, su respuesta no me decepcionaría: se lo zamparía. Así son las ranas. También ella.



©Mikel Aboitiz