10 ago. 2018

Otra historia de abogados



Más que abogado jubilado, mi tío Enrique era un glosario viviente de términos jurídicos. Si tía Eugenia detectaba que el congelador, en lugar de estar helado, no bajaba de los cinco grados, él lo tomaba por un «incidente cautelar», a sustanciar por separado del asunto de la plancha que solo sufría una «suspensión cautelar» de funciones. Si la calefacción se disparaba en pleno verano, creando un infierno casero, el doctor en leyes Enrique Fausto Pedante murmuraba entre dientes «obligaciones sinalagmáticas» y exhortaba a mi tía a llamar al técnico, que él no era un héroe del bricolaje. Cuando tía Eugenia explotaba, harta de que en casa solo funcionara el diccionario jurídico, le lanzaba improperios inventados como «menchévago» o «comemircos», hasta que él, ofendido, huía al juzgado dispuesto a sentenciar a su mujer. Lo hacía desde un banco, dando de comer a las palomas. Luego, regresaba a casa cargado con flores.

©Mikel Aboitiz

29 jul. 2018


    En esta ocasión, Salvada bajo su seudónimo de Mikel Aboitiz, ha llegado a la final mensual de los microrrelatos de abogados con su "Gracias".
¡Suerte!
https://www.abogacia.es/microrrelatos/07-2018/gracias-3/

4 jul. 2018

Salvaje informa


    En esta ocasión, Salvada bajo su seudónimo de Mikel Aboitiz, ha llegado de nuevo a la final semanal de El relato imposible de Aragón radio, con el relato En bucle.

Felicidades al ganador





EN BUCLE


Lo único que recuerdo de aquel lugar —luego me dijeron que fue en San Lorenzo de Flumen— era el frío del sótano entre sacos de patatas y la música de mi secuestrador que, para someterme, no paraba de poner en bucle los grandes éxitos de Julio Iglesias. Día y noche. A la luz perenne de una bombilla, sumida en olor a humedad, perdí la noción del tiempo. Mi ritmo vital lo marcaban las latas de fabada que consumía y sus ruidosos efectos en pugna con el «Bamboleo». Allí dentro me movía menos que un Koala reumático. Así es que a falta de ejercicio y con la dieta asturiana, cuando me rescataron los geos, pesaba diez kilos más y me había convertido en una señorita, porque en mi largo cautiverio pasé de niña a mujer. Una vez liberada, insistieron en ponerme una sicóloga. Yo les dije que no, que no se preocuparan, que no pensaba ir presumiendo por allí de víctima, que la vida seguía igual, que pronto olvidaría y que no me iba a echar la culpa a mí misma, que sabía que mi raptor no era un señor, sino un truhan. No entiendo por qué, no me hicieron caso.

©Mikel Aboitiz

30 jun. 2018

Microrrelato


Hasta que comience el cole

El museo exhibía más cuadros que la camisa de Paco Martínez Soria; contaba con docenas de salas y corredores de mármol por los que le gustaba resbalar a primera hora, cuando los visitantes aún escaseaban. Muchos se preguntaban qué hacía un piojo como él, solo, abismado en un Goya, las manos en los bolsillos de los pantalones cortos, mordiéndose el labio inferior con los ojos entrecerrados como un bebé disfrutando un biberón. También lo veían paralizado frente al retrato de Alfonso V, imitando la pose mayestática con la mano en la cadera, jugando como si fuera un espejo y perdiera el primero en moverse. Aquel fue un verano inolvidable de helados al caer la tarde, de horas fresquitas deambulando por el museo, perdido entre turistas, bajo la mirada de abuelo protector del Ramón y Cajal pintado por Sorolla. Fue el verano en el que su padre vigiló sus sueños por las noches, mientras por el día vigilaba los de los artistas hechos sobre lienzos y, al cabo de cada jornada, lo llevaba despacito de la mano a la casa vacía donde le prepararía la cena.

©Mikel Aboitiz