14 mar. 2013

Relato breve



Camping gas

Vino el fontanero a desatascar la ducha. Inspeccionó la avería agachado, con un destornillador gigante saliéndole del bolsillo trasero. Al incorporarse, anunció levantando una ceja: «El desagüe está bien». Entonces tras una pausa dramática que aprovechó para hurgarse en la boca, bajó la ceja como una guillotina y precisó: «El problema viene de más abajo. De las tuberías —y añadió victorioso por haber liberado su dentadura de un trozo de carne—: hay que picar». «Hay que picar», repetí acongojado, con la voz estrangulada del «no somos nada» de los funerales.

Al día siguiente, después de media hora de trabajos, el doctor Fontanero dictaminó que mi cuarto de baño era un paciente muy enfermo al que no daba ni unos días de vida, a no ser que reparásemos las tuberías que pasaban por la cocina. Llamó a un colega y quedamos en que operarían rápido mientras yo me preguntaba dónde estaría el viejo camping gas.

Dos días más tarde ya se podía usar la ducha, pero los conductos del gas de la cocina parecían irremediablemente obstruidos. Era recomendable encargar un fogón eléctrico. Entretanto, mis habilidades culinarias con el camping gas mejoraban a ojos vistas. Ya me atrevía a preparar osados guisos cuando surgió el problema con los fusibles. El electricista que vino, un hombre barbado y serio con cara de psicoanalista austríaco, me susurró en el tono reservado a los iniciados, que los fusibles fundidos eran lo que la fiebre a un enfermo: un síntoma externo de algo escondido en lo más profundo de la defectuosa instalación eléctrica del edificio.

Actualmente mi casa parece un campamento improvisado (el camping gas ayuda mucho en este sentido) por el que pasan electricistas, obreros, fontaneros (sí el otro baño también se averió). A mí me consuelan los progresos culinarios que hago con el camping gas y disfruto de mis cenas a la luz de las velas.

Pero hoy, tras comprobar que el ascensor no funcionaba, he recibido una notificación que, de un plumazo, resuelve todas las averías: se trata de una orden de desahucio.

Seguro que esta noche le saco al camping una buena paella. 



©Mikel Aboitiz

 

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