Los chicos del soplete
Corríamos
empujando la carretilla. Era de noche y la policía podía aparecer.
A Chusma se le hinchaba la vena de la frente y yo echaba el bofe:
sepan ustedes que un cajero automático pesa más de lo que se
piensa. Por fin llegamos a la furgoneta. Arrancamos y salimos a toda
pastilla rumbo al garaje.
¡Chispas!
Destripar un cajero con un soplete tiene su riesgo. Es como oler a
gas, sorprender a tu suegra con la cabeza en el horno y ofrecerle un
pitillo para que se lo encienda. El resto ya lo imaginan: pongamos
que fundimos toda la pasta.
©Mikel
Aboitiz