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23 nov 2012

En menos de 101 palabras (sin el título)



Los chicos del soplete

Corríamos empujando la carretilla. Era de noche y la policía podía aparecer. A Chusma se le hinchaba la vena de la frente y yo echaba el bofe: sepan ustedes que un cajero automático pesa más de lo que se piensa. Por fin llegamos a la furgoneta. Arrancamos y salimos a toda pastilla rumbo al garaje.
¡Chispas! Destripar un cajero con un soplete tiene su riesgo. Es como oler a gas, sorprender a tu suegra con la cabeza en el horno y ofrecerle un pitillo para que se lo encienda. El resto ya lo imaginan: pongamos que fundimos toda la pasta.

©Mikel Aboitiz