7 abr. 2011



Tres rosas amarillas

Tres rosas amarillas es el título del último cuento del norteamericano Raymond Carver, encajonado dentro del realismo sucio, corriente apadrinada, entre otros por Bukowski. Tal vez por basarse en una historia real, cual es la muerte del maestro del propio escritor, Chéjov, este cuento no reúne la atmósfera típica de los ambientes descritos habitualmente por Carver, poblados por personajes escapando de la pobreza; alcohólicos enfrentándose a la vida más allá de los límites de su trago; familias rotas precursoras del panorama social actual, etc. Tres rosas amarillas cuenta las últimas horas de la vida de Chéjov en un sanatorio para enfermos pulmonares y su fin, una celebración de la vida en la que no se ahorra en champán. El lenguaje de Carver fiel a su estilo: prescinde de palabras superfluas; no cuenta; muestra, sugiere. Leerlo es como asomarse a un balcón y ver las casas de la vecindad, pero Carver no te deja perder de vista el suelo, el vértigo que da la altura. Mientras con una mano te indica algo sobre la recién restaurada fachada de enfrente, con la otra –una mano invisible y amedrentadora– te empuja por la nuca para que mires el asfalto y te suba un cosquilleo de vértigo por el estómago. Entonces el lector enfrenta los ojos de Carver, que son sus letras, su lenguaje parco, y ve que aparentemente no hay nada de anormal en él, pero ya no puede dejar de sentirse víctima de esa mano mágica que acogota, que no cuenta, que muestra. Es un escritor que juega con las matemáticas (y con el lector), pues mientras escribe que uno más uno son dos no deja de hacerte sospechar que uno más uno son tres y que él es un tahúr del negro sobre blanco.

©Mikel Aboitiz 

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