9 oct. 2011

Relato


EL HERMANO

–Y entonces te lanzó el puñetazo...
–No tan rápido. No tan rápido. La cosa fue más lenta de lo que tú te piensas. Tuvo su desarrollo. Es verdad que hay golpes que a uno le vienen como llovidos del cielo, sí. Por ejemplo el que le cayó a Durán cuando se puso a cantar a voz en cuello el himno del atleti en medio del bus repleto de los del otro bando. Esas cosas pasan. Pero lo mío fue de otra manera. Porque de primeras a aquella muchacha ni la miré. Fíjate que luego caí en la cuenta de que tenía una sonrisa angelical, aun con la preocupación, ahí agachada junto a mí, después de calmar al bruto aquél, tendiéndome un pañuelito de papel. Aquello no podía contener para nada el chorretón que se me escapaba del labio, pero fue un detalle por su parte. Y antes de que se alejara con su hombre mono y me rodearan los clientes curiosos, pude ver cómo ella se largaba en retirada, alzada sobre en esos tacones como de diez metros, meneando sus contornos que parecía que el bar se le quedaba pequeño.
–Algo le dirías... [...]  Continúa
©Mikel Aboitiz

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