1 oct. 2011

Visto en Berlín...


Frankenstein también vive en la Dircksenstraße. Se asoma a una fachada luciendo un aire juvenil de actor que gana fama con el paso de los tiempos. Repeinado, se ha convertido en un James Dean de la modernidad. Incluso los tornillos le sientan bien, tan grandes, simétricos y perfectamente enroscados. Una imagen impoluta para la posteridad. Los niños que lo veían al pasar, pensaban que Frankenstein era así de guapo, porque no sabían que las batallas no las ganan siempre quienes lo merecen, sino aquellos que las pueden contar. Y estos, plasman el pasado a su conveniencia. De modo que muchos niños podían alimentarse de esta imagen de monstruo con aires de galán. Por eso alguien (tal vez un viejo, alguien con memoria) ha defendido a los niños con las armas de estos. Ha tomado una tiza blanca y se ha reído de las ínfulas de ese Boris Karloff de celuloide venido a más. Lo veja y, encima, además de los colores, le saca la lengua.

©Mikel Aboitiz

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