22 feb. 2012

Relato





Apagón en diferido

«Un empujón, un porrazo en las costillas, una patada y, finalmente, un policía concentrando su peso en la boca de su estómago aplacaron al manifestante. Luego le arrastraron esposado hasta el furgón. Aquella tarde detuvieron a cientos. Los cañones de agua se quedaron secos, las avenidas vacías. Apenas circulaban coches, pero las sirenas policiales no paraban de sonar, barriendo la noche, las calles mojadas por la lluvia, los pedazos de cristales rotos. Encerrado en su celda, el detenido esperaba acontecimientos, mientras se agarraba el costado, amoratado, inflamado por los golpes. La propia comisaría era el único lugar al que no llegaba el ulular de las sirenas, era como ver nevar en el infierno. El resto de la ciudad temblaba ahora bajo el ruido de los tanques. En su cubículo enrejado, no supo que también los blindados serían insuficientes: el descontento se contagiaba de balcón a balcón; volaba por los patios de luces, profanaba la madrugada como una blasfemia. Los ciudadanos comenzaron a protestar apagando y encendiendo las luces de sus casas, hiriendo la oscuridad de la noche, mellando la moral de los soldados que tomaban posiciones en unas calles irreales, colmadas de ventanas parpadeantes. En la penumbra, el manifestante, acurrucado en una esquina, cerró los ojos de dolor. Así, no notó llegar el gran apagón»

—Cortaron el suministro eléctrico para frenar la protesta, ¿no?
—En realidad, hacía tiempo que el suministro estaba agotado, no daba abasto para una ciudad que crecía sin fin, como un bebé gigante. Pero tardaron en notarlo. Mira, tú lees el texto y luego le metemos la música esa que tanto te gusta.
—No querían aceptar lo que se les venía encima, profeta.
—Menos mal, veo que lo has pillado. Se trata de un final cantado. Atiende, que en dos minutos estamos en antena.



©Mikel Aboitiz



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