10 mar. 2012

Relato



Redonda como una mesa camilla

El anciano dejó la novela abierta sobre la mesa camilla. A esa hora las tiendas de muebles ya estarían abiertas. Marcó el primer número. Una voz diligente le respondió:

 —Muebles La Cómoda, ¿dígame?
—Buenos días. Tengo su número, pero me falta su dirección. ¿Me la podría facilitar?
—Por supuesto, estamos en la calle el Descanso, a la altura del polideportivo.
—Muchas gracias —colgó apresuradamente y anotó en su cuadernito: Muebles La Cómoda. Calle el Descanso.

Aplicadamente pasó a marcar el segundo número. Tras una conversación muy similar a la anterior, colgó, corrigió la posición de las gafas sobre el lomo de su nariz y apuntó: Muebles El Tresillo. Calle del Juego. Se frotó el mentón pensativo. Aquellas coincidencias quedaban corroboradas. Al guardar la libreta en el bolsillo de la bata se le cayó el carné de identidad. En él se leía Facundo Inquisidor Despierto. Lo recogió con cuidado del suelo y saboreando un café humeante, miró por la ventana hacia la calle Santo Oficio, convencido de que la ficción y la vida a veces tenían algo de demasiado redondo. Suspiró profundamente y se sentó en la mecedora de caoba a dejar pasar la mañana.

©Mikel Aboitiz

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