8 abr. 2012

Relato: Estar en la higuera



Estar en la higuera

Julito llevaba tres días encaramado en la higuera del jardín. Se alimentaba de latas de sardinas (odiaba los higos) y la familia parecía haberse acostumbrado a ello. Eran las vacaciones de verano y el sol brillaba a diario sobre la cabeza de un Julito, que perdido en su mundo, volaba dichoso con la vista tras las nubes, persiguiendo pájaros, disfrutando atardeceres. Una encina sería menos incómoda para él, comentaba acongojada la madre. Julito se dejaba suministrar agua y sardinas ayudado de una bolsa atada a un cordel. Al cabo de una semana, en la casa se agotaron las reservas de sardinas y las de paciencia. Padre y madre, hartos de la broma, acercaron una escalera a la higuera para hacerle entrar en razón. No quedó claro si fue el evidente argumento de la falta de sardinas o la debida obediencia cristiana a sus padres lo que inclinó a Julito a bajar.

Una vez en tierra firme, no volvió a probar sardina alguna. Andaba alicaído y triste. No atendía a nada ni a nadie, estaba como ido. Había bajado de la higuera para seguir en ella. Tal y como pintaba la situación, y calculando que aún quedaban dos semanas para que el muchacho volviera al colegio, sus padres optaron por cambiar de estrategia. Se aprovisionaron de sardinas y, conteniendo la pena, le invitaron a subir a la higuera. A Julito esto le cambió por completo. Retomó la alegría, su pasión por los cielos, cambió horarios. Dorrmía con el sol y, por las noches, hacía recuentos de estrellas. Sus padres le atendían desvelados y, cada dos días, colocaban junto al árbol la escalera por la que, farol en mano, ascendía un psicólogo para hablar con Julito entre ramas.


©Mikel Aboitiz


 

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