11 jul. 2012

Visto en Berlín...: Gleis 17


Gleis 17

  Árboles, vías, cables de tendido eléctrico y finalmente, una vía muerta, la 17 (Gleis 17). Sus raíles no conducen a ninguna parte como antes, cuando era punto de partida desde Berlín hacia los campos de concentración de Riga, Varsovia, Auschwitz-Birkenau o Theresienstadt. Ahora, es una vía muerta directa al recuerdo, con sus raíles jalonados por fechas y número de deportados. Los trenes que circulan paralelos a ella dan grandes respiros al silencio que azota al visitante y le hace meterse en la memoria colectiva del holocausto. Allí, en la Gleis 17, abandonado el visitante al recuerdo en un espacio comido al bosque, comienza una vez más el juego de espejos de la historia: árboles, vías, tendido eléctrico, ¿en qué año nos encontramos? Sopla el viento y podríamos estar en esta vía hace setenta años. ¿Qué nos une al presente? Alrededor todo sigue como antes. Nada ha cambiado. 

Partiendo de este andén se puede dar un paseo por el Grunewald, por una zona llena de suntuosas villas que comenzó a ser edificada a finales del siglo XIX gracias a la intervención y el apoyo de Bismarck. ¿Quiénes vivieron aquí? Entre otros, importantes artistas: Murnau (director de Nosferatu), el crítico teatral Alfred Kerr, la escritora Vicky Baum, autora de Gran Hotel, sobre la que se basaría la película homónima interpretada por Greta Garbo. También tuvo su casa allí el ministro de asuntos exteriores Walther Rathenau, buen amigo de Einstein y Stefan Zweig

La lista sigue, pero tras este paseo plagado de personalidades y cultura, volvemos a la vía 17 a escuchar qué nos dice el viento siseando entre las ramas de los árboles. Vuelta a los asesinatos en masa, a las deportaciones, a un plan delicadamente diseñado y llevado a cabo meticulosamente como una buena crítica teatral o un buen guión hecho imágenes mudas. Un tren se para en la vía paralela con su estruendo domesticado de frenos y puertas abriéndose al unísono. Luego se cierran y el silencio vuelve a llenar el andén de la vía 17.


 Me miro las manos. Esos dedos capaces de transcribir versos de Lorca, como aquellos que Semprún recitaba en el campo de Buchenwald a sus compañeros de internamiento para defenderse de la barbarie. Unos dedos cualquiera, largos, huesudos con los que también se podría abrir una espita de gas con la misma facilidad con que se arrastra la pluma sobre el papel y se escriben unas últimas palabras.


Recuerdo las últimas palabras de François, el prisionero con el que Semprún intercambió su identidad para salvar el pellejo (lo cuenta en Viviré con su nombre, morirá con el mío), citando a Séneca: «Post mortem nihil est ipsaque mors nihil» («No hay nada tras la muerte y la muerte misma no es nada»). Me meto las manos en los bolsillos del abrigo y, lentamente, recorro una vez más el andén junto a la vía 17. Gleis 17.

©Mikel Aboitiz

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