13 ago. 2012

Relato



Día internacional del zurdo


Ante el teclado, todos somos iguales
Dr. Ivan Ivanowitz

En la segunda jornada del congreso mundial de zurdos, el doctor Ivan Ivanowitz abandonó su plaza en el auditorio y bajó las escaleras para llegar al estrado. Su espalda juvenil, convenientemente trajeada, soportaba el peso de las miradas del público. De un salto atlético, superó la escalerita del escenario. Del bosillo derecho de la americana sacó un papelito con unas notas, que planchó un par de veces con el canto de la mano izquierda bajo el atento silencio de los asistentes. Cogió aire antes de comenzar. El doctor Ivan Ivanowitz era un gran orador y así lo demostró durante los doce minutos y treinta y seis segundos que duró su ponencia. Luego, arropado por unos tímidos aplausos, volvió a tomar asiento entre el público. Acto seguido, comenzó a tomar notas, mientras se mordisqueaba el índice de la mano izquierda. El índice de la mano izquierda. Ivanowitz, sorprendido, dejó caer el boli y se concentró en su dedo recién mordisqueado. Es más, lo alejó de sí para observarlo con algo de distancia y poder enfocar bien esa mano izquierda y vaga. Ivan Ivanowitz se llevó la mano derecha a las gafas para colocarlas a la altura oportuna con la que examinar su mano zurda, dándose cuenta de que el milagro estaba hecho. Persistió observándola, empeñado en no mirar su derecha, la fuente de aquel prodigio: había estado escribiendo con la diestra, por primera vez en su vida y sin advertirlo, durante un largo rato. Se sintió como una oveja negra en medio de un rebaño. Un colega, camino de la salida, aprovechó para saludarle. Con grandes dificultades, la zurda de Ivanowitz respondió con un apretón de zurdas típicamente congresual, mientras escondía la derecha enrollada en un puño culpable y tenso en un bolsillo. De pronto, todo aquel rebaño de ovejas zurdas comenzó a aplaudir al siguiente orador. Ivanowitz no fue menos, pero estaba en otra cosa. No podía explicarse aquel milagro. Tomó el boli con la izquierda, con la esperanza de ser una oveja gris, un ambidiestro vulgaris. Sin embargo, comprobó con horror cómo su zurda se negaba a manejar el boli. Imposible. Había perdido sus habilidades. Se subió las gafas para ver mejor. Pero, ¿con qué mano acababa de hacerlo? De nuevo la diestra había tomado la iniciativa. Aquello era raro, muy raro. Pronto debería presentar su segunda ponencia (discriminación positiva del zurdo), ¿a qué hora exactamente? Pasó la página del programa en busca de su intervención. ¡Nuevamente con la derecha! En una hora. En sesenta minutos debería volver todo a la normalidad. Pero, ¿cómo enfrentar el tema siendo diestro? Se sentía como una puta a punto de dar una conferencia sobre castidad. Precipitadamente se levantó de su asiento y buscó la salida. Debió de hacerlo con el pie derecho, porque tuvo suerte de que nadie le retuviera. Fuera del auditorio, respiró profundamente el aire algo viciado de los pasillos y se preparó para enfrentar su primera ponencia como diestro en un mundo de zurdos.

©Mikel Aboitiz

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