23 abr. 2013

Relatos reeditados




Conócete a ti mismo


Empecé a coleccionar cromos a los cinco años; luego fueron sellos. A los doce, una pasión desaforada por la numismática brotó en mí con gran fuerza. A los trece reunía chapitas que se prendían de las solapas con mensajes alegres, estúpidos o publicitarios. Setecientos veintiséis pines después, me pasé a las muchachas; amigas, novias, novietas. Alguna prima. Digamos que casi llegué a ser un Tenorio. Bastante después, me decidí por una. La había dejado embarazada y nos casamos. Mantener una familia no era tarea fácil, de modo que tuve varios trabajos. Ejercí de limpiacristales, cartero, soldador y camionero. Al volante de ocho toneladas de carga tuve un accidente. El seguro me indemnizó generosamente, pero sufrí múltiples operaciones. Pasé por clínicas, policlínicas, hospitales y sanatorios. Sin embargo, la recuperación exigió aún diversas estancias en centros de rehabilitación ortopédica, neurológica y psíquica.
Ahora que tengo mucho tiempo he vuelto a cultivar una antigua pasión, la filatelia. Va con mi carácter: me paso horas ocupado con el dentado de los sellos, elaborando listas, clasificando. En fin, una tarea sosegada y algo monótona para alguien que, como yo, huye de los cambios.


©Mikel Aboitiz

1 comentario:

  1. Muy bueno el punto de ironía con que tratas a aquel que no deja de mentirse a sí mismo.

    Un abrazo,

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