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9 nov 2014

Salvaje y el muro

 
Esto del 9 de noviembre me suena bastante...

Tal vez sea el momento de volver a publicar este Visto en Berlín.
                                                                                 
    ¡Y ni una palabra más!




  
Si el primer muro hubiera tenido una rendija. Si un ciudadano de a pie del Este se hubiera podido asomar a ella. Entonces habría visto el segundo muro a lo largo de la Bernauer Straße. No bastaba con uno. Debían ser dos paredes, paralelas, exhibiendo la impúdica geometría del miedo. Dos muros mirándose el uno al otro a lo largo de kilómetros, bordeando los diferentes sectores de la ciudad dividida. You are leaving the american sectorVous sortez du secteur américain,...

La Bernauer Straße limitaba con la frontera. Las fachadas de las casas pertenecientes a la RDA se asomaban directamente al Oeste. Dormitorios, cocinas, salas de estar contiguas a la RFA. Ventanas dando a otro mundo como ojos que no pestañean abiertos en las fachadas. Por ellas saltó gente buscando la libertad. El blanco y negro de las fotos de la época lo atestigua. Los que se arrojaron por las ventanas solían ser atendidos en el cercano hospital Lazarus de la propia Bernauer Straße.

Las autoridades de la República Democrática optaron por derribar esas peligrosas viviendas frontera. Se levantó el muro. Pero quedaban demasiados familiares, amigos, encerrados al otro lado. Era necesario rescatarles. Por eso excavaron túneles por debajo del muro. Meses de trabajo infatigable y secreto. Galerías inundadas, esperas, reanudación del trabajo y, por fin, se ve la luz al final del túnel. Guiaron a la gente hasta el otro lado, corriendo por angostos pasadizos, como hormigas huyendo de ser pisoteadas por botas militares. Otros no pudieron salir. Quedaron emparedados, atados a sus destinos de diminutos insectos encerrados, ahogándose o aprendiendo a nadar en las aguas lanzadas por una gigante: la dictadura orinaba sobre un hormiguero de más de un millón de almas.

©Mikel Aboitiz

18 oct 2014

Visto en Berlín (hace unos meses): Veteranenstrasse


El ladrón de bicicletas tiene mil ojos con los que vigila si te olvidaste de cerrar el candado. Dicen que de cada una de sus manos salen siete hábiles dedos, escurridizos como gusanos. Últimamente se le ha visto en la Veteranenstrasse, donde todo el mundo cuida de asegurar sus bicis. La policía le busca, también el vendedor del puesto de döners y una vecina a medio vestir asomada a su ventana que vierte su grito desesperado en el hueco dejado por su bici.
Yo he pillado al ladrón a punto de entrar en acción, al borde de acariciar el sillín amarillo de una de sus presas. El ladrón de de los mil ojos —los sentidos concentrados en el alma de esa bici— no me ha descubierto. Peligro, luz del día, paseantes, todo le daba igual salvo esa bici. Como un empedernido jugador de ruleta poniendo en juego hipoteca, amistades y honor sobre el tapete, él todo lo olvidaba en pos de una nueva captura. Por un momento he examinado su horrible rostro de monstruo, el desorden de dientes de su boca, los cabellos como clavos dolorosamente incrustados en su deforme cabeza. Le he visto y no he hecho nada: no he dado parte a la policía. No he corrido al kiosco de döners para que el vendedor haga valer su largo cuchillo. Tampoco he aliviado el pesar de la vecina que seguirá lamentando su pérdida allá en lo alto, mientras busca algo que ponerse.


Estoy convencido de que el ladrón no sabe ni andar en bici. Puede que ni las venda. A juzgar por sus ropas, dudo que necesite el dinero. Él solo busca el alma de sus botines: los recuerdos de los ultrajados dueños que le perseguirán durante años, dándole lo que él busca con dedos escurridizos como lombrices: la inmortalidad. El vivir en la memoria de sus víctimas. Él y su puta madre. 
                                                                                                                 
                                                                                                                 ©Mikel Aboitiz

3 oct 2014

Relatos con segunda oportunidad


Celos


Nacer con cuarenta y tres años me aportó una inusitada madurez que hube de hacer valer nada más asomar por entre las piernas de mi madre. Yo, que ya había leído a Gil de Biedma, conocía las dimensiones de este teatro que es la vida y raudo, di las buenas tardes con timidez, afanándome por parecer educado.
Mi madre me aceptó sin reservas, mas mi padre, algo celoso, insistió en ver mi cartilla de la mili antes de otorgarme el apellido. Corrían tiempos de bonanza y, apenas nos acostumbramos a sostener el trabajoso triángulo escaleno de nuestra vida en común, mi madre anunció que tendría un hermanito. Así es que —aunque pensándolo bien, nunca se sabía— comencé a hacerme a la desagradable idea de dejar de ser el pequeñín de la casa. 

©Mikel Aboitiz



10 sept 2014

Relatos con segunda oportunidad



- Con el destripador -
Acudí al hospital a que me extirparan una muela dolorosísima. No me dejaron hablar: «Lo tenemos todo listo, señor Goitiz», dijeron, y desatendiendo mis quejas incomprensibles —¡maldito flemón!—, me llevaron por la fuerza al quirófano. Desperté de la anestesia con una pierna menos. («El eslabón final de una infortunada cadena de errores, señor... señor ¡Aboitiz! —carraspeó el doctor consultando mi historial—, pero no desespere: enseguida lo arreglamos»). Volví al quirófano y de ahí, directo al tanatorio.
Ahora, cómodamente instalado en el Cielo, lo entiendo: ¡en todas partes se cometen errores! Si no, pregúntele a mi compañero de nube, se llama Jack.

                                                                                                         ©Mikel Aboitiz         

2 sept 2014

Micros con segunda oportunidad (en menos de 101 palabras)

- AAS -

«Aspirina, como el medicamento». No. No estaba en la lista de acreditados al congreso farmacéutico, pero alguien dando ese nombre con esa cara blanca, redonda y limpia no podía mentir. Le alcancé una credencial. La rellenó con letra casi infantil: Aspirina Pérez. A media tarde intervino en un incendiado debate sobre genéricos. Un representante de BAYER lanzaba gasolina a todos sus argumentos. Salió enervada, con un tremendo dolor de cabeza. Le sugerí: «Lo mejor es tomar una —sonreí dudando, la vista fija en su credencial—, una caipiriña». Añadí triunfal: «Yo invito». Una sonrisa afloró en su cara blanca, redonda.

©Mikel Aboitiz

3 ago 2014

Micros con segunda oportunidad (en menos de 101 palabras)



- ¡Cielos! -
Dejé de fumar, pero no el café. Hasta el primer infarto. Después renuncié al alcohol. Un día, palmé: dijeron que fueron los pulmones (tantos años de tabaco), que si los nervios (¿cafeína acumulada?), que si el corazón (Laura me acababa de plantar), pero a mí me dio igual, porque fui directo al Cielo: Dios resultó ser bastante ecologista y mi manía a los vasos de papel inclinó la balanza. Escribo estas líneas rodeado de paz, cigarros, buen café y, Laura, cariño, aquí hay cientos de Lauras, no te echo en falta. ¡Anda, San Gabriel!, ponme otra de lo mismo.

©Mikel Aboitiz

14 jun 2014

Visto en Berlin (en 2011): ...Dircksenstraße


Frankenstein también vive en la Dircksenstraße. Se asoma a una fachada luciendo un aire juvenil de actor que gana fama con el paso de los tiempos. Repeinado, se ha convertido en un James Dean de la modernidad. Incluso los tornillos le sientan bien, tan grandes, simétricos y perfectamente enroscados. Una imagen impoluta para la posteridad. Los niños que lo veían al pasar, pensaban que Frankenstein era así de guapo, porque no sabían que las batallas no las ganan siempre quienes lo merecen, sino aquellos que las pueden contar. Y estos, plasman el pasado a su conveniencia. De modo que muchos niños podían alimentarse de esta imagen de monstruo con aires de galán. Por eso alguien (tal vez un viejo, alguien con memoria) ha defendido a los niños con las armas de estos. Ha tomado una tiza blanca y se ha reído de las ínfulas de ese Boris Karloff de celuloide venido a más. Lo veja y, encima, además de los colores, le saca la lengua.

©Mikel Aboitiz

3 jun 2014

Micros con segunda oportunidad



- Negro, antimonárquico -

Estoy rodeado, prisionero. Han colocado antorchas sobre mi piel morena. Constantemente asoman sus rostros pálidos al mío, como si yo fuera un espejo. Me gritan ¡Chocolate! Luego prenden las antorchas, ¡quieren quemarme! Apagan las luces. Entonces oigo risitas ahogadas y entra uno para extinguir las llamas de un soplido. Le faltan más dientes que al resto (¿será el rey?). Dan la luz, aplauden y alguien llamado Mamá comienza a mutilarme con un cuchillo enorme mientras cantan. Creo que no sobreviviré, pero dentro de mí hay algo que me sugiere que el rey y su corte tampoco lo harán.
©Mikel Aboitiz



4 mar 2014

Micros con segunda oportunidad


- Isobaras - 

De corazón y científicamente: así amaba al hombre del tiempo. Sus ojos azules, aquellos anuncios de anticiclones. Su viril presencia ante el mapa de isobaras. Tenía un plan. Era periodista. Fue fácil concertar con él una entrevista. Llegada la fecha, cambió las sábanas, escenificó un desorden perfecto en el apartamento, se subió la cremallera del vestido guiñando un ojo al espejo y abandonó la casa confiada en sus armas de mujer. La entrevista fue bien. La velada, mejor. El hombre del tiempo aceptó encantado el desorden de su piso y, a media noche, superando todo pronóstico, un maravilloso huracán (categoría cinco) devastó su dormitorio.

©Mikel Aboitiz



3 feb 2014

Lunes por la mañana...



Prozac

Tic-tac. Si el despertador alojara en sus tripas a un tipo bigotudo y bonachón trabajando tras la esfera en hacer sonar la campana. O si la máquina de café escondiera una joven Cenicienta sin cesar ocupada en destilar esas gotas de amarga negrura para el desayuno. Entonces también sería imaginable una vocecita interna llena de optimismo despertando a don Manuel para que comenzara el día pletórico de energía. Pero la realidad cotidiana carece de engranajes movidos por hombrecitos bigotudos y la cafetera escupe sola su infusión matutina. De manera que don Manuel permanece en cama abúlico, arropado, sin vocecita interior, hombrecito bigotudo o Cenicienta que le levanten para enfrentar otro día más.Tic-tac, avanzan las horas vacías.

©Mikel Aboitiz



24 nov 2013

Relatos con segunda oportunidad

 Salvada está desmotivada, sin tiempo. ¿Qué tendrá Salvada?Los suspiros se escapan de su lengua rosada, que ha perdido soltura, que ha perdido color...
En todo caso, de su teclado nada sale. Por esto recupero un texto suyo publicado hace unos meses (con el pseudónimo Mikel Aboitiz) para Esta noche te cuento, basado en la frase «Preferiría no hacerlo» de Bartleby, el escribiente de Herman Melville (1819-1891)

¡Y ni una palabra más!





- Yo también -

«Preferiría no hacerlo» me dijo entornando los párpados, apresando entre ellos dos lagos de ámbar mientras, desafiante, dejaba su vaso para beber del mío —el de un extraño, indeciso entre la textura de sus labios y la profundidad de su escote— y añadir: «Pero no se preocupe, lograré los papeles». Se levantó y abandonó el bar del hotel con más clase que las cinco estrellas que colgaban en su fachada. Esa misma noche me confirmó haber obtenido los documentos. Para llegar al lugar acordado, crucé la ciudad, batida por un viento intermitente y salobre que arrastraba lluvia sin piedad, barriendo el empedrado de las calles. Ella esperaba impaciente bajo un amplio paraguas negro, mordiéndose el labio inferior. En la mano sostenía una carpeta. Al darme el sobre —en silencio— adiviné tras aquellas gafas oscuras el almíbar estremecido de sus ojos. Luego, un taconeo de zapatos perdiéndose calle abajo fue lo más parecido a una despedida. Regresé al hotel empapado y abrí el sobre. A la vista de aquellas hojas en blanco recordé sus labios acolchados, su voz ronca, arrolladora, repitiendo «preferiría no hacerlo» mientras yo asentía con la cabeza. Descolgué el teléfono y dije: «Nos equivocamos con ella. Procedan».
©Mikel Aboitiz

17 nov 2013

Segunda oportunidad - Microhomenaje a Beethoven





- Variaciones Diabelli -

Las Variaciones Diabelli de Beethoven surgieron a raíz de un encargo del editor Anton Diabelli (1781-1858), quien compuso un vals e invitó a Beethoven y a otros cincuenta autores a escribir su propia variación sobre este tema para recogerlas en una antología. Sin embargo, Beethoven, el sordo con mejor oído de todos los tiempos, se centró tanto en el asunto, que no compuso una, sino 33 variaciones, su Opus 120, las inigualables Variaciones Diabelli.

Microhomenaje a 
Ludwig van Beethoven (1770 - 1827)

A mí y a otros cincuenta fotógrafos nos pidieron un trabajo sobre la pobreza para publicar una antología. Rechacé el encargo, pero cuatro años después, terminé enviando todo un reportaje de treinta y tres retratos sobre el tema. Necesité ayuda. Revelado y selección. Seguramente conozcan mi caso. Fue sonado: Fotógrafo vuelve a publicar tras perder la vista. Ignoraban que, tras el accidente, gané olfato: podía oler la miseria. El tiempo juzgará si la supe captar en mis retratos de magnates. Ahí están: pillados mirando hacia otro lado, desentendidos, creyendo que yo no me daba cuenta. Mírenles. Ustedes pueden.


©Mikel Aboitiz

3 nov 2013

Salvaje sacando adelante el blog

 Salvada (otra vez con el pseudónimo Mikel Aboitiz) ha vuelto a escaparse del blog para ponerse en manos de alguien dispuesto a leerla. Ya que de momento no escribe, tendré que apelar a la paciencia de sus (pocos pero selectos) lectores y publicar de nuevo su texto Matrimonio. 


¡Y ni una palabra más!









- Matrimonio -

La acuarela del calendario –un bello rostro femenino– observaba mis idas y venidas de casa desde la página de febrero, agazapada entre la puerta y el perchero. El mes terminaba y era como si nos hubiéramos acostumbrado a mirarnos cuando salía o entraba, sin decirnos nada, como en un noviazgo hecho de sobreentendidos. Un noviazgo de casi un mes. El primero de marzo, la enmarqué protegida por un cristal. Incluso pinté su pared. Desde entonces parece mirarme diferente, sintiéndose acorralada, sin aire tras el vidrio. Será el reflejo de la bombilla. Será que debí pasar página sin más.



28 oct 2013

Relatos con segunda oportunidad



POMPAS DE JABÓN

Mejor, jovencita, quédate sentada en la alfombra, la cretona del sofá es muy delicada, se estropea fácil.
La abuela achicaba sus ojos ambarinos al dirigirse a mí y luego los agrandaba.
— Michi, Michi, cariño canturreaba a su caniche— ven aquí.
El perro atravesaba obediente el salón y tras un paseíto cruzando el sofá, aterrizaba en el regazo de la abuela.
En casa de la abuela nunca abrían las ventanas. Nada más entrar me quitaba la rebeca para no ahogarme con ese aire espeso en el que los rayos de sol iluminaban constelaciones de motitas de polvo cuando jugaba a descorrer las cortinas.
Jovencita, ya sabes que la luz le molesta a la abuela —me advertía desde el sofá con la manos ocupadas en blandas caricias a un Michi bostezante—. Cierra ya, haz el favor —. Y yo abandonaba mi juego convencida de que la luz dañaba los ojos de la abuela, esas dos rendijas resinosas por las que me atisbaba desde la penumbra.
Anda, niña, ve a llenarle el platillo de agua a Michi, que tiene sed.
Entonces agarraba la escudilla usando la manga como un guante y corría a la cocina por el pasillo largo, oscuro, amenazador. De puntillas, abría el grifo chirriante de la fregadera cantando una canción a toda prisa para espantar el miedo. En la cocina de la abuela olía a restos de comidas y a mantequilla rancia. Cargando la escudilla regresaba concentrada en no desbordar aquel lago de orillas metálicas, ocupada en ignorar las sombras del pasillo y la voz amordazada de la tarima bajo la alfombra. En el salón la abuela me recibía con las manos en suspenso sobre el pelo agrisado de Michi. Me miraba entrecerrando los ojos, asintiendo repetidas veces, subiendo y bajando la cabeza, como si mi presencia confirmara una vez más algo que yo ignoraba. A un ladrido de Michi, su seriedad se desvanecía y le dedicaba gracietas, levantándole el hocico con un dedo. Yo dejaba el platillo en el suelo, deseando que el reloj diera las seis (la hora a la que me recogía mi padre) y me sentaba en la alfombra o me quedaba levantada, juntando y separando las punteras de los zapatos, ensimismada en cómo la abuela comenzaba con el ritual de los dos chocolatitos. Sonriéndole a Michi con complicidad, quitaba parsimoniosa el envoltorio plateado en el que se concentraba la escasa luz de la estancia. Entretanto yo, cumplidora con la parte que me tocaba en aquel ceremonial, tragaba saliva mientras el perro, con lengua viscosa y rosa, hacía desaparecer los chocolates con sonoros lametones. Aún los puedo escuchar y también la voz de la abuela advirtiéndome:
Anda, jovencita, ponte la rebeca que tu padre estará al caer.
Entonces aparecía sobre su mano húmeda y brillante un caramelito verde, minúsculo, que yo tomaba bajo la mirada vigilante de Michi —ese perro sabía sonreír— antes de que sonara el timbre liberador y mi padre me rescatara de casa de la abuela, como todos los martes.

Cuando, repentinamente, murió la abuela, mi padre vino con los ojos llorosos a entregarme a Michi. Le tomé en brazos y pegué la nariz a su lomo, soportando su peso, aspirando el olor a leche en polvo de su pelo.

Apenas terminado el funeral, el caniche desapareció, se esfumó como una pompa de jabón en el aire. Nadie le encontraba y papá, acuclillado frente a mí, me explicó que Michi fue a buscar a la abuela y no encontró el camino de vuelta. Pero yo no le creí. De ninguna manera podía creerle.



©Mikel Aboitiz

14 oct 2013

Relatos con segunda oportunidad





Recursos humanos

Me gusta mi trabajo. En recursos humanos no solo ayudamos a la empresa a redimensionar la plantilla en tiempos de crisis. También seleccionamos personal motivado, gente con ganas de trabajar. En este proceso, prestamos mucha atención a los currículos, que nos son útiles para cribar. Luego viene la primera entrevista, el momento esperado en el que me encierro con el aspirante en una habitación. Entre nosotros solo está la mesa con mi cuaderno de notas. Cada vez que apunto algo en él, el candidato hace una pausa, traga saliva en seco, cruza las piernas. Pocos permanecen indiferentes. Yo sonrío y nunca me dejo llevar por prejuicios. Así, la semana pasada tuve para el departamento de logística a un chaval serio que había olvidado quitarse el pendiente. No perdí la sonrisa. Tampoco cuando al girarse para situar bien su asiento (suelo dejarlo algo descolocado, para ver si aguantan la incomodidad de una ubicación forzada o si prefieren moverlo a su gusto) observé con desagrado un tatuaje naciendo de su nuca, casi oculto por el pelo. Ese chico me recordaba a alguien, ¿a quién? Seguí con las preguntas habituales y anoté algunas respuestas interesantes. Tengo mi método de valoración. Cien por cien objetivo. Mi entrevista es siempre la primera. En segunda instancia los otros equipos deciden más a fondo, analizan cómo son sus posibilidades de integración en el grupo de trabajo. Pero yo –por expresarlo rápido–, digamos que permanezco en la superficie. En mi trabajo me importa sobremanera lograr la mayor imparcialidad en las valoraciones; busco evitar lo personal. Con el tiempo he desarrollado un código que me permite interpretar mis notas eficientemente sin el peligro de que el solicitante pueda entrever algo. Las rayitas verticales acercan al candidato a la siguiente entrevista. Las oblicuas le dejan en tierra de nadie y las horizontales son lo peor que le puede pasar al aspirante. Sí, el muchacho para la logística me resultaba familiar. Pasamos a la tanda de preguntas estresantes. Saltó por encima de las más incómodas con el estilo de un purasangre. En mis notas se acumulaban los palitos verticales. El muchacho tenía labia. Incluso se fue al terreno personal con gran soltura y hube de sacarle de ahí para mantener la conversación por su justo cauce, sin desviarla hacia la imparcialidad. Objetividad ante todo. Los que habrán de trabajar con él día día pueden dejarse llevar por sus gustos e inclinaciones personales. Es legítimo. Pero yo no. Después de media hora mis notas estaban llenas de palitos verticales entreverados por algunos oblicuos. Pasamos a hablar de su retribución. Llegado este momento me gusta recostarme en mi silla y juntar impresiones. Compongo un gesto afable, invitador, pues los candidatos son conscientes de quién tiene la sartén por el mango e intento suavizarles el envite, sonriendo abiertamente, mientras sus rostros se hielan, miran hacia abajo, se revuelven inquietos sobre el asiento o ponen una cara de póquer fatal. Otros se atreven a lanzar un farol con falsa seguridad y se delatan al agarrar su vaso de agua con mano temblorosa. Todos temen este momento. Sin embargo, el chaval de la logística supuso una rara excepción. Lo que pidió casi se salía del presupuesto, pero la forma en que lo hizo fue singularmente buena, elegante. Tras unas formalides, finalizaba la entrevista con dos palitos verticales de gran tamaño en mi bloc. En ese momento supe que me recordaba al novio de mi hija. El candidato parecía contento consigo mismo. Al despedirse me miró a los ojos con franqueza. Antes de cruzar la puerta se giró como para retener en la memoria la imagen de su reciente éxito. En la mesa, abierto, pudo ver mi cuaderno de notas con una larga raya horizontal al final que seguro tomó como el subrayado, la confirmación, de la buena entrevista que creía haber hecho.

©Mikel Aboitiz



4 sept 2013

Relatos con segunda oportunidad



Siglo XXI

En la escuela, la profe contaba que no debíamos hacer caso de sábanas blancas. Tampoco prestar atención a mitos como el arrastrar de cadenas. O el ulular por angostos pasillos sobre gentes aterrorizadas. Patrañas. No debíamos dejarnos impresionar por leyendas recurrentes sobre velas misteriosamente apagadas. Ni hacer caso del efecto de gritos ahogados en la oscuridad o sombras braceando en las tinieblas.
Me hurgué en la nariz pensativo, escuchando a la profesora añadir enfática: «Todo eso está demodé. Estamos en pleno siglo XXI. A vosotros, futuros fantasmas, os enseñaremos otros trucos». Y todos nos carcajeamos mostrando nuestras risas sin dientes.

©Mikel Aboitiz

15 jul 2013

Relatos con segunda oportunidad





Oferta infalible

Jódeme —repite Micky saboreando la palabra, como si tuviera vida. 
El hombre de detrás del mostrador aprieta de nuevo el botón y Micky mueve obediente sus labios de plástico como si masticara: 
Jódeme. 
 —No está mal, pero, ¿no podría decir algo mejor? —pregunta el encargado. 
Se hace un silencio en el que solo se oye la música de fondo del sex shop. El representante le mira a fijamente a los ojos, hurga en la barriga de Micky y, retador, pone en marcha el mecanismo. El muñeco pronuncia una sola palabra. Acto seguido el encargado palidece y sentencia: 
 —Nos quedamos con él. 

©Mikel Aboitiz


23 jun 2013

Micros con segunda oportunidad


Perrillo: cuadrúpedo de índole doméstica, cuasante de incomodidades cuando sostitene su peso sobre tres patas.
La lengua Salvada (del Diccionario inconcluso de necedades)


Recursos Caninos


Aquella mujer que esperaba conmigo el ascensor tenía los ojos tristes de un pequinés y yo —pendiente del ERE— un día de perros, así es que ni le cedí el paso ni saludé. Dentro de la cabina se giró recriminatoria, con cara de bulldog, para ladrame un «buenos días». Me acobardó, me sentí descortés, pillado en falta. Al llegar al nivel de las oficinas, reculé con el rabo entre las piernas.
No era necesario ser un sabueso para caer en la cuenta de que era la nueva directora de personal. El dóberman del jefe.

©Mikel Aboitiz

3 jun 2013

Micros con segunda oportunidad



                                             De la microtrilogía Dictadores y vencidos


Consejo de Ministros

El ministro de Exteriores cedió la palabra al de Interior. El Padre de la Patria presidía silencioso tras sus gafas oscuras, luciendo sobre su anciano pecho las condecoraciones de tantos años. Acabado el último punto del orden del día, el vetusto prócer seguía sin despegar los labios. Una palabra suya decidía vidas. Pero el Padre de la Patria no hablaba. ¿Qué estaría barruntando? Todos callaban ansiosos, esperando que diera por finalizado el Consejo. Varios ministros cruzaron miradas temerosas. Nada ocurría. Por fin, el prócer, inspiró ruidosamente y tras un último y tenso silencio, comenzó a roncar.
©Mikel Aboitiz