14 may. 2012

Relato: 112



UVI móvil

Una guardia perra. Cinco avisos: dos tráficos y tres paradas cardíacas. Balance: dolor de cabeza, falta de sueño y deseos de darle un puñetazo a ese bombero arrogante. No llegas a meterte en la cama, caes dormida sobre la colcha nada más apagar los teléfonos. Despiertas doce horas después con el estómago gruñendo, vacío. El frigo de la base estaba lleno, pero el de casa es solo un desierto de bandejas enrejadas, iluminadas por un poderoso sol de 25 vatios. Al fondo, un oasis en frasco, un yogur de fresa caducado y solitario. Te quedas rígida, mirándolo hasta que el ruido del motor de la nevera te saca de la carretera donde de nuevo discutes con el bombero. De un portazo acallas frigo y estómago. En caliente, con la adrenalina a tope, no se siente mucho. Lo peor viene luego, como un escalofrío que no aplaca la experiencia. Cuando ese Bogart imantado en la puerta del frigo, te echa el humo a la cara y te mira a los ojos, mientras tú le ignoras. Porque sigues en una cuneta, arreglando lo que ya no tiene remedio. Hasta que el estómago cruje y te trae a la vida, que es lo contrario de una carretera nevada y lo mismo que lanzarse ávida a por un yogur pasado.

©Mikel Aboitiz

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