22 may. 2012

Relato: Impulso


Impulso

Robar una cartera. ¡Qué estupidez! Sin embargo, esa esquinita de cuero sobresale del bolsillo del pantalón abandonado sobre la toalla de baño. Una toalla grande, de rayas blancas y amarillas. El sol está en lo más alto y la playa, extrañamente poco concurrida. Si se agachara como para alcanzar las llaves que,¡vaya!, se le acababan de caer torpemente a la arena, podría aprovechar para recoger también la cartera y seguir arrastrando la sombrilla, dibujando con su palo serpientes por la arena, rumbo a su zona preferida. Mejor no arrastrarla. Nunca se sabe. Sería tonto, dejar un surco, como un reguero de sangre tras un asesinato. Asesinato,¡bah! Qué exageración, al fin y al cabo, se trata de una simple cartera, una billetera probablemente vacía (en los días que corren nadie deja así de descuidada una cartera y menos si tiene mucho dentro). A decir verdad, apenas abulta ahí metida, en el capazo. Ni siquiera se ve, claro, que en eso influye el mar que espejea como si los rayos de sol no pudieran atravesar el agua y quedaran desparramados como huevos rellenos de luz reventados contra la fachada del mar. La maldita sombrilla pesa como un demonio y ya no dibuja serpientes o, acaso, las olas se alimentan de ellas porque ahora avanza por la orilla, donde la arena no quema, aunque dentro del capazo es como si le ardiera una brasa de cuero gastado asomando entre la toalla y la crema protectora. Abrasa. Se abrasa. El chiringuito ya está a la vista. Le gusta tumbarse cerca de él y disfrutar de su música amortiguada, movida por el aire, yendo y viniendo como las olas mientras se deja ganar por el sueño. Otra vez siente demasiado calor y el mimbre del capazo le hace llamear el hombro. La cabeza le da vueltas. Mejor marchar al hotel, alejarse de la playa. Qué calor. Le arde el hombro, quema, cuando una mano le detiene desde atrás, posando firme su peso sobre él. Por dios, qué bochorno.

©Mikel Aboitiz


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