5 may. 2012

Relato: Muerte baldía


Muerte baldía

Fuimos a enterrarlo a su pueblo. Al llegar, tañían las campanas. Nadie en las calles. El viento lanzaba con violencia la arena del suelo contra las fachadas resecas. Puertas y ventanas cerradas a cal y canto; selladas contra el sol del mediodía, una bola de fuego sobre el ocre del paisaje. Por la tarde le dimos tierra y se desató una tormenta. Las gotas de lluvia, aliadas de nuestro llanto, le buscaban, abriéndose paso por entre la tierra reseca. Sus restos no nutrirían ni una brizna de hierba.¡Qué desconsuelo aquel sinsentido! No esperamos a la noche para abandonar ese lugar doblemente muerto.

Por el retrovisor del coche veía el pueblo, cada vez más pequeño, lejano, preñado de nuestro amigo. Giré a la derecha y desapareció. En su lugar un cielo limpio e implacable se recostaba contra la aridez del horizonte. La carretera seguía una recta en pendiente. Hube de cambiar a primera. El motor renqueaba entre el polvo del camino, pero sabía que después —con el tiempo— la ruta sería menos penosa. Dejé descansar la mano sobre la palanca de cambios, mientras a los lados, el viento peinaba la nada. La carretera mejoraría, pero continuaríamos notando esa arenilla amarga metida entre los dientes, muy hasta adentro.

©Mikel Aboitiz

1 comentario:

  1. Un relato desolador, pero muy bien narrado.
    Un gusto, de veras.
    Saludos, Mikel.

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