3 may. 2012

Salvaje vuelve a la carga contra Salvada



Salvada está perdiendo los papeles. Ya, esto no es ninguna novedad, me dirán... Me limito a transcribir lo que he encontrado en uno de sus cajones y ¡ni una palabra más!







 Décimo seguidor de la lengua salvada

—Juan de la Cosa, ¿no? De profesión cartógrafo...
—No, disculpe: Cossa, con dos eses. Y mi nombre es Sergio, no Juan.
El hombre del mostrador corrige concienzudamente los datos en sus papeles. Utiliza un bolígrafo diminuto, como hecho a su medida. Acabada la corrección, libera el labio superior de entre los dientes e indica amable, antes de alejarse pasillo adelante:
—Bien, espere un momento, por favor.
A medio camino se gira dudando:
—Juan, me dijo, ¿no?
Sergio le corrige de nuevo llenándose de paciencia. Para hacerlo se ha levantado un instante del sofá. Pasa un minuto. Dos minutos. En la sala de espera hay varias revistas. Cossa toma una, hojea otra; mira al fondo, inquieto, intentando descubrir algún movimiento en el oscuro pasillo, que parece una boca que se hubiera tragado al hombrecito y exhalara un aliento fresco. Pero no; se trata del aire acondicionado que funciona fatal, intermitente. ¿De dónde habrá salido este hombrecito con ese traje rojo o rosa como una lengua? En todo caso, le quedaba un poco grande, además de chillón. Una puerta abriéndose le saca de sus ociosos pensamientos. Desde el fondo del pasillo avanza el hombrecito, sudoroso, empapado. El calor en la sala de espera es insoportable. La mancha rosa o roja, avanza, como si fuera una lengua saliendo de ese pasillo profundo como una boca y se burlara de él y de su espera. Mortal este calor. Cossa ya no sabe a qué ha venido a este lugar. Acierta, lo justo, a incorporarse e ir junto al mostrador al encuentro del hombrecito, que empapado en sudor, le informa:
—Señor de la Cosa, sea usted bienvenido —aquí despliega una sonrisa de dientes de leche, añadiendo tras una pausa excesivamente dramática y vacía—: le hemos dado el número 10, como a Maradona. Maradona, ya sabe...
Cossa no está seguro de haber escuchado bien. Ese maldito calor no le deja pensar. ¿Es un chiste eso que le ha dicho el hombrecito? ¿Debería reírse?, ¿ignorarle? Porque el hombrecito está ahí parado, frente a él, con las manos sobre el mostrador, extendidas sobre un teclado invisible, a la espera de una reacción. ¡Dios, qué calor! Que alguien arregle el maldito aire acondicionado. El hombrecito no se mueve y ¡cómo suda! Parece envuelto en baba. ¿Qué espera de mí? De repente algo hace clic (¿han arreglado el aire acondicionado?) y el hombrecito se ha esfumado. Así de sencillo. ¿Seguirá sudando allá donde esté? Clic y el hombrecito ha desaparecido.

©Mikel aboitiz


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