7 may. 2012

Relato: Se busca alma


Se busca alma

El anciano me ve abrir el ordenador al salir del café y me espeta teatral: el ser virtual, ¿dónde estará su alma? Le contesto que la mía la dejo siempre en el servidor de google, lista para ser recuperada fuera de las horas de laborables, con un par de clics. Él no escucha mi respuesta, pero yo comienzo a reflexionar sobre el alma, su ausencia y mi trabajo —todo un mismo tema—, que consiste en cuadrar presupuestos. Algo complicado, si detrás de cada numerito se esconde un tipo con una familia y vete a saber qué problemas más. En cierto modo, cada vez que tacho una partida de personal es como si fuera un estratega de la guerra, ordenando lanzar un misil de media distancia, con su carga letal. Suerte que existe la prestación por desempleo. Eso aplaca el primer impacto. Algo es algo, me digo para consolarme. No se trata de nada personal. Ese pobre tipo no lo ha hecho mal. Cumplía con su trabajo. Pronto encontrará otra cosa.
En esto, se me escapa una lágrima que medio borra la pantalla del portátil. La conexión aquí es rápida y ya me encuentro en una página de ofertas de empleo donde me busco a mí mismo. He vuelto a la realidad. A veces se me va la pinza e imagino cosas, como que el anciano que estaba a mi lado, se dirigía a mí. No está mal, me ayuda, porque invento respuestas rápidas y afiladas, que como hace un momento, me sirven para meterme en la piel de los demás; me valen para tomar distancia e intentar comprender los puntos de vista ajenos. Como antes, al suplantar los pensamientos de mi jefe. Pero me temo que lo único que saco en claro es que sigo siendo un pobre tipo, recién despedido. Una víctima civil en un conflicto financiero. Eso sí, seguro que el alma de mi jefe no la tiene google, sino el mismo diablo. Ojalá que para toda la eternidad.

©Mikel Aboitiz

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