10 may. 2012

Relato



Shock: un clásico del homicidio vecinal

La discusión con el vecino de arriba quedó paralizada. Eduardo le miraba tendido en el baño. Ni siquiera había rastro de sangre, aunque al caer por el empujón —fortuito, él no quería—, debía haberse roto el cráneo. Sus ojos desorbitados apuntaban a la pintura descascarillada del techo, un resumen de la nada. Eduardo no se hubiera sorprendido de verle levantarse entre risotadas y recibir unos palmoteos en la espalda con un reconciliador: Vaya susto te he dado, ¿eh? Pero el muerto no despertaba. Él tampoco, porque aquello era una pesadilla sin sueño, en el váter, mientras la bajante sangraba agua podrida sin que eso ya importara. Necesitaba aire. De golpe, se encontró en el balcón, fumando. Lo hacía con la mente extrañamente vacía, concentrada en el tráfico, en las apresuradas idas y venidas de personas diminutas, perseguidoras de algún sentido. Después, regresó al baño, donde le esperaba la pesadilla y el olor a humedad. Se sentó en la taza del váter y encendió otro cigarro examinando morosamente el cuerpo del vecino. ¿Qué hacer con alguien que está y no está? Exhaló humo despacio. Sentía que, si quisiera, bastaría mover los brazos para volar. Todo era posible. Hasta incluso tener un cadáver junto a él. El de su propio vecino. Llamaron al timbre y se echó las manos al rostro. Aquello no le podía estar pasando a él. No era cierto, no. Pero el timbre volvió a sonar tenaz, despiadado, real, y el vecino permanecía aún allí, a sus pies. Estando sin estar. Daba igual, no abriría. Aún le quedaba medio paquete de tabaco.


©Mikel Aboitiz 

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