1 jun. 2012

Relato: Primer día sin lácteos



Primer día sin lácteos

Desde que el médico le prohibiera tomar productos lácteos, todo se convirtió en leche para él, todo era blanco, lácteo. Al despertar, tomó conciencia del nuevo día, arrastrando perezoso la mirada por el techo pintado del color de la leche. Se levantó, corrió lentamente las cortinas blancas de la ducha y el vapor del agua caliente le sumió en una tranquilidad lechosa y apacible. En el desayuno evitó rasgar la negrura del café con un chorro de... ¡Maldita sea!, debía tomarlo solo, sin cortar. Vestido con una camisa impoluta en la que el negro de su corbata no podía destacar más, se colocó sobre la pechera una servilleta sin dibujos, desnuda como un lienzo. Mantequilla, queso; todo era lácteo en sus deseos de desayuno. Se frotó los ojos resignado ante una simple tostada con mermelada, sintiéndose un ser extraño, un punto diminuto, solo en el mundo, en el planeta Tierra, en el Sistema Solar, en la espiral de la Vía... Mordió contrariado la tostada, vigilando que la maleta estuviera en su sitio, con la bata de trabajo dentro. Una suerte que no reparara en el color de esta. Acabó apresurado el desayuno y salió de casa con las llaves del coche (color crema) de la mano, rumbo a realizar una inspección rutinaria (paradojas de la vida) en una prestigiosa central lechera. Se sentó al volante y al arrancar una explosión sonó bajó sus pies frenándole en seco. Esto le enfadó y asustó. Se puso de muy, muy mala (no seamos groseros) uva. Y aquí queda nuestro hombre, oyendo una segunda explosión bajo él, con las manos sobre el volante, temeroso, pálido del susto, con el rostro blanco como... como ustedes supondrán.

©Mikel Aboitiz


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