13 jun. 2012

Relato




El albacea

Ese maldito papel me quemaba en las manos. Una nota manuscrita casi ininteligible, guiada por una mano enferma y avalada ante notario como revocación de anteriores últimas voluntades. En funciones de albacea, yo había roto más corazones que un don Juan y demolido cientos de castillos en el aire. Pero aquella nota impedía el justo curso de la vida, de años de esfuerzo y dedicación académica del fallecido investigador, pues dejaba a la fundación (su única familia) sin nada, en favor de las flores de juventud de aquella joven de cuerpo frágil que soltaba nervios mascando con mal disimulo un chicle fucsia, del color de sus labios, ante la intimidatoria plana mayor de la fundación. Cuando leí la postrera voluntad del finado, todos abandonaron airados la sala. Solo ella, su joven amante, quedó sentada con las piernas juntas, con comedimiento, la cabeza gacha, la mirada perdida, más allá del fin de su ajustada minifalda, de sus largas piernas brillantes. Resultaba ser la heredera única de la fortuna del doctor R. Pronto se enteraría la prensa. La bella muchacha debería pleitear hasta el fin de sus fuerzas para defender aquello que yo acababa de hacer público. Me acerqué cauteloso a su silla y la invité a pasar a la sala contigua. La esperaba un áspero camino para conservar lo que legalmente le pertenecía. Pobre muchacha. Afortunadamente alguien había dejado una botella de champán frío allí, entre todos aquellos archivadores ordenados alfabéticamente. También había dos copas, qué deferencia. Le serví el espumoso en una de ellas y por fin la vi sonreír agradecida a través de las burbujas. No era para menos.

©Mikel Aboitiz

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