26 jul. 2012

Relato



Estaba muy bien dotado

El concurso literario de relatos cortos estaba tan bien dotado como un buen actor porno. La cuantía del premio era una cifra larga como la escalera empinada que llevaba al clímax de la fama. Las bases, más estrictas que una dómina enfundada en látex, resultaban suaves a un tiempo: permitían el uso de máscaras, imprescindibles para garantizar el necesario anonimato (sobres cerrados, la famosa plica). Con tales alicientes, el tema no debía ser un inconveniente para el atrevido concursante en ciernes, un don Juan de la pluma que no conocía tabú alguno y era incapaz ya de recordar las innumerables páginas salidas de su ingenio. Nunca había participado en un concurso de escritores, pero se ganaba la vida escribiendo. Redactaba epopeyas sicalípticas para revistas masculinas de nombres sugerentes. Cada día se iba a la cama con una idea nueva para una historia de pasión. Su bien administrada escasez de recursos estilísticos y mengua de lenguaje encontraban siempre una respuesta generosa en sus lectores. Una respuesta que se derramaba en incontenibles borbotones de efusividad ante sus ardientes relatos. Repasó una vez más el monto del premio, acariciando con la vista los dos últimos ceros, redondos, carnosos y suculentos, hasta decidir estrenarse como concursante en ese certamen, patrocinado por la Fundación de las Hermanas Piadosas. Valía la pena. El tema suponía un reto salvable: La dicha del celibato como enseñanza y modo de vida. Algo se le ocurriría. Manos a la obra, se rascó con fuerza el cogote e hizo un par de complicados visajes en busca de inspiración. También entrecerró los ojos con fuerza, concentrándose en un punto como los rayos de sol al pasar por una lupa, hasta provocar un incendio en su cabeza, una migraña que le hizo sentir impotente. Nada iba a salirle de la pluma. Era incapaz de hincarle el diente al asunto del celibato. Su creatividad le acababa de dar gatillazo. Deprimido por el fracaso, abrió una de las revistas para las que trabajaba y, tras tomarse una aspirina, buscó consuelo entre sus páginas.

©Mikel Aboitiz

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