29 jul. 2012

Visto en Berlín...: desde la Cuvrystraße (II)




  Volvemos a mirar por encima de la valla de la Cuvrystraße, sin saber bien qué vemos: ¿Son dos hombres o dos extraterrestres? ¿Son personajes huidos de un cómic persiguiendo una libertad de ladrillo más allá de las viñetas? Tal vez busquen espacios abiertos como la propia Cuvrystraße que llega a asomarse al río Spree. Sus cercanas aguas acogen un ejército de turistas fluviales, armados hasta los dientes de máquinas fotográficas, prestos a la conquista digital de la ciudad. Seguro que si ponen pie en tierra y pasan por la Cuvrystraße, nada les impedirá apretar repetidamente el gatillo de sus cámaras para aniquilar una y otra vez a esos dos seres pintorescos de la fachada. Una y otra vez, sonarán los clics de sus armas disparando como si tuvieran delante un ejército de gigantes. Primero disparar y luego preguntar. La lógica de las guerras se impone en el asfalto berlinés. Luego, en sus casas, el material digital les permitirá vivir por fin las vacaciones en Berlín (en el turismo, como en la guerra, no se vive, se digitaliza la vida). Las vivirán conforme a lo que desearán recordar. En la pantalla del ordenador aparecerán los cadáveres que tras la torre de la televisión y el Reichstag cobrarán vida en el recuerdo.

 «¡Mira esos dos simpáticos tipos ahí pintados! Parecen extraterrestres o personajes de cómic. ¿Dónde estaban? ¡Ah, sí!, en esa calle que daba al río, ¿recuerdas, cariño?». «Claro, cómo no. Las sandalias me machacaban los pies al bajar del barco»—responde el exterminador de gigantes, frotándose el dedo gordo del pie suavemente entre las manos. «Fue bonito cómo hiciste el hippie, descalzo por las calles, se te veía tan libre y tan liberado en Berlín...». Él no responde nada, sonríe bobaliconamente y la deja recostarse soñadora sobre su hombro, mientras juguetea un rato más con los restos de su ampolla, ante la mirada de dos extraños seres que observan desde la pantalla por encima de una valla en la Cuvrystraße. 

Ya lo tenemos: la Cuvry no es una calle, es la fragua gigante de la memoria, donde todo cabe. En ella dos herreros moldean el recuerdo al capricho de los turistas. Son dos hábiles falsificadores. ¡A por ellos! 


©Mikel Aboitiz



1 comentario:

  1. Has enlazado muy bien la descripción del mural con una pequeña historia cotidiana.Magustaomucho.

    ResponderEliminar