7 ago. 2012

Relato: Puente Aéreo


Puente aéreo

«Le estoy vendiendo seguridad. Un agente de una empresa al uso le diría que los robos son algo puramente estadístico y que, tanto usted como él, saben que a las estadísticas hay que hacerlas un caso relativo, pero cuando llega a casa, la ve patas arriba y que le han desvalijado, usted no piensa en las estadísticas. Echa a correr en busca del joyero, ve la pared desnuda sin su pantalla panorámica y luego, corra a llorarles a los del seguro, a ver cuánto le restituyen. Desde luego que mientras se mueve entre cajones volcados, puede olvidarse del anillo de la bisabuela. Nosotros (ya lo habrá observado) trabajamos de forma diferente. Digamos que estamos por encima de esas empresas de seguridad, usted ya me entiende. Creo que el listado que le hice llegar la semana pasada era bastante ajustado a la realidad, ¿no es cierto? No, el anillo de la bisabuela no lo especificamos. Seguro que le bastó con el informe detallado sobre los horarios de su mujer e hijos. Somos la mejor empresa del sector, la más discreta, aunque nos conozcan en todas partes. Somos infalibles, los mejores. Esté convencido, al abonarnos la tasa convenida (el monto se ajusta al poder adquisitivo del cliente como un guante, algo estrecho, eso sí) su casa, sus bienes —y por supuesto todos los miembros de su familia (tiene usted dos hijos preciosos, en la flor de la vida)—, estarán completamente seguros. Somos cumplidores, así es nuestra empresa. Cueste lo que cueste, cumplimos. Creo que ya le he convencido, ¿no es cierto? No le dé más vueltas, ha tenido toda la semana para convencerse. Mire, qué coincidencia, ahí enfrente hay un cajero. Yo le espero aquí. Me alegro de que no dude de nuestra solvencia».

«Sí, es cierto, hace calor aquí. Como para aflojarse la corbata, pero bueno, a mí no me molesta, tampoco las gafas de sol. Será que soy de piel dura y no me traspasa el calor. Se ha dado usted prisa en el cajero. Es increíble lo bien que funciona la técnica hoy en día. Muy bien, deje el sobre la mesa, pero con aire despreocupado, ¡hombre!, que está cerrando un buen negocio. Las consumiciones ya están pagadas, no se moleste. Mire, justo acaban de anunciar su puerta de embarque. Podrá estar seguro de que cuando vuelva con su familia todo y todos estarán bien. Se encuentra en buenas manos: como le digo, pierda cuidado, no ha de preocuparse... ¡Ah! Y, ¡buen viaje! No es necesario que le dé recuerdos a su señora».

©Mikel Aboitiz

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