17 dic. 2012

Relato


Matemática y superstición

Abelardo M. fue a la gran ciudad a jugar a la ruleta. La primera noche volvió al hotel con los bolsillos llenos y la sonrisa fácil del ganador. Durmió a pierna suelta junto a una botella de champán mediada y una joven belleza tan efímera como el fingido ardor que le prestó. Al despertar se alegró de nuevo de su suerte mientras olisqueaba en sus manos el aroma de su fugaz compañera confundido con el del deseo de volver a apostar a la ruleta. Podía oler el triunfo. Desayunó huevos con jamón y regresó apresurado al casino donde pasó todo el día encerrado.

Por la noche, concedió un saludo fatigado al recepcionista y subió sin prisas a su habitación de lujo (la 32; ¡todo al 32!, recordó). Con paso cansino, la mirada perdida en la alfombra verde como el tapete del casino, ganó la cama. Cerró los ojos y soñó con apuestas.

Al despertar (durmió solo: estaba agotado) sabía lo que debía hacer: cambiar de habitación. Ocuparía la 9, una suite de categoría inferior en el primer piso, económica y sin grandes vistas. Desayunó nuevamente huevos con jamón y, cargado de supersticiones, regresó a jugarse el dinero por tercer día consecutivo. Tres veces tres: nueve, tan simple como el número de su nueva habitación. Serían tres veces tres éxitos consecutivos. ¡Todo al 9!

Volvió de madrugada al hotel y no pidió huevos con jamón para el desayuno. Se despidió del recepcionista hasta el año siguiente y, apurado por no perder el tren de las 12 en punto, subió al taxi de buen humor, canturreando algo alegre camino de la estación, contento de saber qué habitación reservaría la próxima vez. No olvidó dejar una buena propina al taxista.



©Mikel Aboitiz

 

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