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26 ago 2013

Relato




- Espero que te gusten los insectos -

Ha dejado la margarita calva de tanto deshojarla —me llama, no me llama— y se siente nervioso como un mosquito en medio de un vendaval, confundiendo su estómago con una bolsa repleta de mariposas. Todo comenzó cuando sus amigos le confiaron entre risas: —Le llaman la mantis —. Entonces, su cerebro de mosquito se hinchó hasta el tamaño de un escarabajo pelotero para albergar la posibilidad de sexo...(si deseas leer el resto, pincha aquí. para ver la página de ENTC (Esta noche te cuento)
                                                                                                                                ©Mikel Aboitiz


12 ago 2013

Relato

Cariño, no te entiendo

Justo antes de subirse al tren nocturno y abrazarme apresurada, deslizó cariñosamente una advertencia: «Tú peor enemigo eres tú». Arrancó la locomotora y yo me quedé recorriendo el andén de arriba a abajo, desentrañando en vano el sentido de sus palabras. Mientras saludaba con un café al nuevo día en el bar de la estación, seguía aún sacando conjeturas. Caminé a casa entre entrañas desparramadas de papeleras, armando y desarmando ese extraño puzle de cinco piezas. Al subir las escaleras de mi apartamento, hice un alto para descansar, repitiéndome en voz alta su despedida. Metí la llave en la cerradura y le dí un par de vueltas más a la frase. No pegué ojo en toda la noche.
Bien entrada la mañana, desayuné con sus palabras untadas en la tostada, hasta que ella me llamó por teléfono. Corrí aliviado a atenderlo y, a bocajarro, le pregunté por el sentido de aquella enigmática despedida.
  —El viaje bien. Gracias por tu interés —respondió sarcástica.
Hube de insistir, testarudo. Pero ella me esquivaba:
    —En realidad, perdí la conexión...
  —Sí, pero —corté ansioso— ¿qué quisiste decir con aquello de «Tú peor enemigo eres tú»?
Escuché cómo tomaba aire antes de contestar. Lo hizo con tanta fuerza que temí ser absorbido por el auricular:
  —¡Que eres un obsesivo! Un tipo enfermizamente obsesivo, Rafael. Y además, ¡un egoista! —y colgó.
Me quedé con el auricular de la mano, mirando embobado por la ventana el parpadeo ámbar de un semáforo averiado. Tal vez provocara un accidente. Sería bueno avisar a Tráfico. Luego descubrí sorprendido que aún tenía el teléfono en la mano. Colgué y me acerqué a la ventana. Debería llamar y avisar. Evitar un infortunio. Sí, eso era lo correcto. Claro que, tal vez —deduje—, ya se habría encargado de ello un vecino. El semáforo me guiñaba el ojo sin parar y se me pasó la hora de comer delante de la ventana, acechado por la oscura certeza de que nunca llegaría a comprender a las mujeres.

©Mikel Aboitiz


4 jul 2013

Relato





Descompresión

Abandona las maletas y se tumba boca arriba. Queda sobre la colcha azul marino descansando la vista en el techo como un náufrago expuesto a la inmensidad del cielo. Observa una grieta apenas perceptible reptando hasta la lámpara, la moldura recogiendo en sus volutas de escayola el canto ensimismado de las cigarras que se cuela por la ventana abierta; el escritorio, una cómoda, su espejo ovalado, la silla, otra vez la cómoda. Pero en el espejo... Ese óvalo de azogue gastado esconde algo inquietante. Se incorpora y las cortinas, empujadas por una brisa impropia a esa hora de la siesta, se hinchan y alargan sus dedos de tela rozándole, advirtiéndole que no se levante y mire en él. Demasiado tarde: la palidez espectral del rostro, los cañones de barba amenazantes, los ojos enrojecidos, confirman la presencia del fantasma. Horrorizado, se lanza de nuevo sobre el mar azul de la cama para flotar sobre ella como flotan los muertos, colgando sus recuerdos en la percha del olvido: el cansancio, las jornadas continuas sin tiempo libre, el no saber qué son vacaciones. Sin embargo, ahora, por fin, las tiene. Es hora de disfrutar. Comenzará por afeitarse y darse una buena ducha.

©Mikel Aboitiz




24 mar 2013

Relato



POMPAS DE JABÓN

Mejor, jovencita, quédate sentada en la alfombra, la cretona del sofá es muy delicada, se estropea fácil.
La abuela achicaba sus ojos ambarinos al dirigirse a mí y luego los agrandaba.
Michi, Michi, cariño canturreaba a su caniche— ven aquí.
El perro atravesaba obediente el salón y tras un paseíto cruzando el sofá, aterrizaba en el regazo de la abuela.
En casa de la abuela nunca abrían las ventanas. Nada más entrar me quitaba la rebeca para no ahogarme con ese aire espeso en el que los rayos de sol iluminaban constelaciones de motitas de polvo cuando jugaba a descorrer las cortinas.
Jovencita, ya sabes que la luz le molesta a la abuela —me advertía desde el sofá con la manos ocupadas en blandas caricias a un Michi bostezante—. Cierra ya, haz el favor —. Y yo abandonaba mi juego convencida de que la luz dañaba los ojos de la abuela, esas dos rendijas resinosas por las que me atisbaba desde la penumbra.
Anda, niña, ve a llenarle el platillo de agua a Michi, que tiene sed.
Entonces agarraba la escudilla usando la manga como un guante y corría a la cocina por el pasillo largo, oscuro, amenazador. De puntillas, abría el grifo chirriante de la fregadera cantando una canción a toda prisa para espantar el miedo. En la cocina de la abuela olía a restos de comidas y a mantequilla rancia. Cargando la escudilla regresaba concentrada en no desbordar aquel lago de orillas metálicas, ocupada en ignorar las sombras del pasillo y la voz amordazada de la tarima bajo la alfombra. En el salón la abuela me recibía con las manos en suspenso sobre el pelo agrisado de Michi. Me miraba entrecerrando los ojos, asintiendo repetidas veces, subiendo y bajando la cabeza, como si mi presencia confirmara una vez más algo que yo ignoraba. A un ladrido de Michi, su seriedad se desvanecía y le dedicaba gracietas, levantándole el hocico con un dedo. Yo dejaba el platillo en el suelo, deseando que el reloj diera las seis (la hora a la que me recogía mi padre) y me sentaba en la alfombra o me quedaba levantada, juntando y separando las punteras de los zapatos, ensimismada en cómo la abuela comenzaba con el ritual de los dos chocolatitos. Sonriéndole a Michi con complicidad, quitaba parsimoniosa el envoltorio plateado en el que se concentraba la escasa luz de la estancia. Entretanto yo, cumplidora con la parte que me tocaba en aquel ceremonial, tragaba saliva mientras el perro, con lengua viscosa y rosa, hacía desaparecer los chocolates con sonoros lametones. Aún los puedo escuchar y también la voz de la abuela advirtiéndome:
Anda, jovencita, ponte la rebeca que tu padre estará al caer.
Entonces aparecía sobre su mano húmeda y brillante un caramelito verde, minúsculo, que yo tomaba bajo la mirada vigilante de Michi —ese perro sabía sonreír— antes de que sonara el timbre liberador y mi padre me rescatara de casa de la abuela, como todos los martes.

Cuando, repentinamente, murió la abuela, mi padre vino con los ojos llorosos a entregarme a Michi. Le tomé en brazos y pegué la nariz a su lomo, soportando su peso, aspirando el olor a leche en polvo de su pelo.


Apenas terminado el funeral, el caniche desapareció, se esfumó como una pompa de jabón en el aire. Nadie le encontraba y papá, acuclillado frente a mí, me explicó que Michi fue a buscar a la abuela y no encontró el camino de vuelta. Pero yo no le creí. De ninguna manera podía creerle.

©Mikel Aboitiz


17 dic 2012

Relato


Matemática y superstición

Abelardo M. fue a la gran ciudad a jugar a la ruleta. La primera noche volvió al hotel con los bolsillos llenos y la sonrisa fácil del ganador. Durmió a pierna suelta junto a una botella de champán mediada y una joven belleza tan efímera como el fingido ardor que le prestó. Al despertar se alegró de nuevo de su suerte mientras olisqueaba en sus manos el aroma de su fugaz compañera confundido con el del deseo de volver a apostar a la ruleta. Podía oler el triunfo. Desayunó huevos con jamón y regresó apresurado al casino donde pasó todo el día encerrado.

Por la noche, concedió un saludo fatigado al recepcionista y subió sin prisas a su habitación de lujo (la 32; ¡todo al 32!, recordó). Con paso cansino, la mirada perdida en la alfombra verde como el tapete del casino, ganó la cama. Cerró los ojos y soñó con apuestas.

Al despertar (durmió solo: estaba agotado) sabía lo que debía hacer: cambiar de habitación. Ocuparía la 9, una suite de categoría inferior en el primer piso, económica y sin grandes vistas. Desayunó nuevamente huevos con jamón y, cargado de supersticiones, regresó a jugarse el dinero por tercer día consecutivo. Tres veces tres: nueve, tan simple como el número de su nueva habitación. Serían tres veces tres éxitos consecutivos. ¡Todo al 9!

Volvió de madrugada al hotel y no pidió huevos con jamón para el desayuno. Se despidió del recepcionista hasta el año siguiente y, apurado por no perder el tren de las 12 en punto, subió al taxi de buen humor, canturreando algo alegre camino de la estación, contento de saber qué habitación reservaría la próxima vez. No olvidó dejar una buena propina al taxista.



©Mikel Aboitiz

 

21 sept 2012

Relato: Nácar


Nácar

Vestía pieles de astracán y empuñaba firmemente una pistola de cachas nacaradas con un brillante engarzado en la culata. Él mostraba las palmas vacías de las manos haciéndose el inocente y una sonrisa en la que no cabía el miedo. Estaba tan seguro de que ella no apretaría el gatillo como de su porte de dandi y del precio de su sonrisa canalla flotando sobre un mentón partido y varonil. Al acercarse a ella sus pasos lentos resonaron sobre el pavimento de la calle oscura y vacía. Avanzó queriendo domar una fiera, sosteniendo su mirada por encima del collar de perlas. Inclinaba la cabeza levemente sin dejar de sonreír para convencerla de sus buenas intenciones, tomándola por un animal receloso y no por amante despechada dispuesta a todo. A corta distancia osó a rozar suavemente uno de sus rizos dorados, tratando de ganar su indulgencia, ignorando su orden de no moverse, su petición desesperada, reafirmada en la sangre huyendo de los nudillos por la presión contra el arma. Apretaba la mano, poniendo en valor su blancura con la palidez del nácar y de la luna flotando sobre el horizonte de fachadas oscuras. Con un leve cabeceo él le pidió la pistola, confiado en que la depondría y se echaría a llorar rendida en sus brazos. Su gesto no anticipó ese corto resplandor, ese fogonazo que le hizo hincar la rodilla antes de caer al suelo. Los nudillos de ella volvieron a recuperar el color al soltar el arma y salir huyendo, dejando atrás la luna partida en el brillante de la cacha de nácar.   

©Mikel Aboitiz