19 jul. 2013

Relato




Semáforo verde, conciencia en rojo

Es como si el jabón no penetrara al lavarse las manos. ¡Maldita pelota! Lanza rabioso la pastilla contra su imagen. El espejo herido le devuelve una margarita de azogue con un rostro devastado en cada uno de sus pétalos. ¡Si hubiera frenado antes! Se enjuaga la cara; cuida no cortarse con las esquirlas y corre a vestirse. Se pondrá pantalones, camisa, corbata y —lo más importante— la cara de rutina e indiferencia que todos conocen. Acudirá al trabajo (en bus, desde entonces ya no conduce), encenderá el ordenador y la luz de la pantalla iluminará su cara, pero no lo suficiente para que sus compañeros vean el mismo rostro repetido en el espejo roto del baño. No lo suficiente para que un colega le ponga una mano en el hombro y le pregunte. Pasarán ocho horas y luego —la sien apoyada en la ventilla del bus— regresará a recoger los cristales quebrados.

©Mikel Aboitiz


 

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