14 oct. 2013

Relatos con segunda oportunidad





Recursos humanos

Me gusta mi trabajo. En recursos humanos no solo ayudamos a la empresa a redimensionar la plantilla en tiempos de crisis. También seleccionamos personal motivado, gente con ganas de trabajar. En este proceso, prestamos mucha atención a los currículos, que nos son útiles para cribar. Luego viene la primera entrevista, el momento esperado en el que me encierro con el aspirante en una habitación. Entre nosotros solo está la mesa con mi cuaderno de notas. Cada vez que apunto algo en él, el candidato hace una pausa, traga saliva en seco, cruza las piernas. Pocos permanecen indiferentes. Yo sonrío y nunca me dejo llevar por prejuicios. Así, la semana pasada tuve para el departamento de logística a un chaval serio que había olvidado quitarse el pendiente. No perdí la sonrisa. Tampoco cuando al girarse para situar bien su asiento (suelo dejarlo algo descolocado, para ver si aguantan la incomodidad de una ubicación forzada o si prefieren moverlo a su gusto) observé con desagrado un tatuaje naciendo de su nuca, casi oculto por el pelo. Ese chico me recordaba a alguien, ¿a quién? Seguí con las preguntas habituales y anoté algunas respuestas interesantes. Tengo mi método de valoración. Cien por cien objetivo. Mi entrevista es siempre la primera. En segunda instancia los otros equipos deciden más a fondo, analizan cómo son sus posibilidades de integración en el grupo de trabajo. Pero yo –por expresarlo rápido–, digamos que permanezco en la superficie. En mi trabajo me importa sobremanera lograr la mayor imparcialidad en las valoraciones; busco evitar lo personal. Con el tiempo he desarrollado un código que me permite interpretar mis notas eficientemente sin el peligro de que el solicitante pueda entrever algo. Las rayitas verticales acercan al candidato a la siguiente entrevista. Las oblicuas le dejan en tierra de nadie y las horizontales son lo peor que le puede pasar al aspirante. Sí, el muchacho para la logística me resultaba familiar. Pasamos a la tanda de preguntas estresantes. Saltó por encima de las más incómodas con el estilo de un purasangre. En mis notas se acumulaban los palitos verticales. El muchacho tenía labia. Incluso se fue al terreno personal con gran soltura y hube de sacarle de ahí para mantener la conversación por su justo cauce, sin desviarla hacia la imparcialidad. Objetividad ante todo. Los que habrán de trabajar con él día día pueden dejarse llevar por sus gustos e inclinaciones personales. Es legítimo. Pero yo no. Después de media hora mis notas estaban llenas de palitos verticales entreverados por algunos oblicuos. Pasamos a hablar de su retribución. Llegado este momento me gusta recostarme en mi silla y juntar impresiones. Compongo un gesto afable, invitador, pues los candidatos son conscientes de quién tiene la sartén por el mango e intento suavizarles el envite, sonriendo abiertamente, mientras sus rostros se hielan, miran hacia abajo, se revuelven inquietos sobre el asiento o ponen una cara de póquer fatal. Otros se atreven a lanzar un farol con falsa seguridad y se delatan al agarrar su vaso de agua con mano temblorosa. Todos temen este momento. Sin embargo, el chaval de la logística supuso una rara excepción. Lo que pidió casi se salía del presupuesto, pero la forma en que lo hizo fue singularmente buena, elegante. Tras unas formalides, finalizaba la entrevista con dos palitos verticales de gran tamaño en mi bloc. En ese momento supe que me recordaba al novio de mi hija. El candidato parecía contento consigo mismo. Al despedirse me miró a los ojos con franqueza. Antes de cruzar la puerta se giró como para retener en la memoria la imagen de su reciente éxito. En la mesa, abierto, pudo ver mi cuaderno de notas con una larga raya horizontal al final que seguro tomó como el subrayado, la confirmación, de la buena entrevista que creía haber hecho.

©Mikel Aboitiz



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