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28 nov 2023

Participación ENTC: tema: No moriré del todo

 Matarnos

No moriré del todo en este hospital y tú aún lo ignorarás cuando estés al pie de mi tumba, recibiendo condolencias, sintiéndote víctima porque los demás no saben, aunque algunos intuyan. Volveré para decirte que aquello no fue un accidente. Despertarás en medio de la noche al notar mi calor en las sábanas y el vaho de mi aliento en tu rostro te hará recordar. A través de ti, tendré más vida en la muerte que en la propia vida. Sentirás el escalofrío del recuerdo, la impotencia de no poder dormir o el pánico de hacerlo, pues temerás mi visita. Reconstruirás el accidente a tu antojo, pero no podrás engañarte: la memoria es terca y no se borra como un hematoma bajo la falda. Te acompañaré como una sombra y ya no me preguntarás dónde he estado ni me levantarás la mano. Seré la musiquilla que se pega al oído, un canturreo constante, molesto como una insinuación, insoportable como los celos, turbadora como una duda. Querrás cambiar el pasado y verás que es imposible, igual que dejar de acordarte. Y es por eso que tendrás que acabar contigo para deshacerte de mí. Suerte en el intento, cobarde.

©Mikel Aboitiz

 

 

18 jul 2021

Tema dado: sorpresa y asombro

 Frank despierta

El pequeño Frankensteinchen abrió los ojos de par en par, como un ciego que no viera los focos que deslumbraban su piel pálida y temblorosa por debajo de la que parecía bullir un pajarito. Frankensteinchen era un creación hecha de injertos con cerebro de político, piernas de futbolista retirado y corazón de poeta enamorado. El engendro, nacido de una conjunción científica y cósmica, capaz de hibridar un ser que sería más que la suma de sus partes, susurró una frase, bien medida y acompasada, convocando una rueda de prensa. Luego, soltó un gritito agudo, se liberó de cables y salió por piernas. Se esfumó. Un milagro dentro de otro milagro. Tres horas después, tras —como más tarde desvelarían unas cámaras de seguridad— retozar en un prado rebosante de margaritas, compareció puntual ante los medios. El mundo entero pegado a pantallas móviles, televisores y aparatos sincronizados. Una babel de traductores y ciudadanos ansiosos contenía la respiración esperando escuchar sus declaraciones difundidas por todo el planeta. Un poeta con cerebro de dirigente, extremidades de acero, pulmones entrenados en el do de pecho, forjado por científicos de élite, suponía una gran esperanza para la humanidad. En verdad, sus palabras causaron sorpresa y asombro.

 

©Mikel Aboitiz, Berlín, junio 2021

 

8 mar 2020

En menos de 200 palabras

Discontinuidades

La belleza del error, la línea recta que se quiebra en una curva. La nota que desconcierta en el pentagrama, como la nariz de Juan, ese mascarón de proa que se me acercó un día enarbolando un soneto de Quevedo en pleno rostro. Me abordó en la parada del bus para preguntar por una calle. Hube de recular. Tomar distancia, evaluar esa cara de belleza intermitente partida por la mitad, calibrar el encaje de sus partes, ubicar en mi mapa mental el lugar deseado para decirle que no, que no sabía dónde quedaba, pero que cerca había un café donde tomar algo. Jamás dimos con la dirección en cuestión, aunque esa misma tarde exploramos territorios personales guiados por dos brújulas apuntando idéntico rumbo. El problema de las brújulas es que, pasado un tiempo, se desnortan. Hoy la suya se orienta opuesta a la mía y yo aprieto la mano de mi hija (nuestra hija), mientras observo la alegría de su semblante al pasar por casualidad por esa misma calle que años atrás desvió mi camino, como la curva que quiebra la línea recta, como la belleza del error.


©Mikel Aboitiz
 

16 jul 2016

En hasta 200 palabras sobre tema dado: El océano


Gracias por esta noche


Algo se rompió entre mi mujer y yo. Un algo líquido, viscoso, que manaba por una fisura recóndita de nuestra relación y acabó inundándonos, separándonos por un océano de inquina. Al comienzo éramos unos náufragos enviándose mensajes en botellas con las coordenadas de una isla de reencuentros: la cama. Pero esas treguas —burdos intentos por reconciliar lo imposible— acabaron. Dejamos de vivir juntos. Nos convertimos en continentes comunicados por dos submarinos de propulsión atómica —Juan y Andrés— que amenazaban con desencadenar una catástrofe nuclear en sus continuos viajes de ida y vuelta por las profundidades de la custodia compartida.

Los muchachos crecieron. Con pastillas y ayuda sicológica sequé el océano de odio que nos separaba. Ante mi vista se abrió un fondo marino con restos abandonados del matrimonio. No me siento orgulloso de ese paisaje profundo, abisal. Por eso prefiero mantenerme siempre en la superficie.

Sé feliz. No me llames.


©Mikel Aboitiz

16 nov 2014

Relato. Tema obligado: aquella película de los setenta

- El cerdo es mío - 

El problema no era que la muchacha gritara «la cerda es mía» o que girara el rostro ciento ochenta grados mostrando la cara convulsa del horror. El verdadero problema se hallaba frente al televisor: el pequeño de seis años, en pijama sobre el suelo, contemplaba plácidamente aquella película de los setenta.
Le habían acostado temprano temblando de fiebre. A media noche la madre se levantó para vigilar su sueño y llevarle agua. Cruzó el pasillo a oscuras y alertada por la luz azulada de la tele, asomó la cabeza por la puerta. El niño de espaldas a ella, apoyaba la cara en las manos, absorto en la pantalla, ajeno al revuelo de cortinas aireadas por el viento gélido de la noche. La madre, confundida, soltó el vaso. Él, los ojos brillantes, giró la cabeza con un crujir de músculos del cuello, mirándola fijamente sin dejar de darle la espalda, mientras con voz dulce anunciaba sonriente, dislocado: «la peli acaba de comenzar, mamá».

©Mikel aboitiz

11 oct 2014

Salvaje informa sobre Salvada

 Salvada (otra vez con el pseudónimo Mikel Aboitiz) ha vuelto a escaparse del blog para ponerse en manos de Esta Noche te Cuento (ENTC)

Puedes leerla en ENTC o aquí directamente.


Y si lo tienes a bien, deja tu comentario...



- Mensaje en mano - 
Colillas desbordando el cenicero, dos copas de vino derribadas sobre la alfombra del comedor, ropa interior jalonando el camino hasta la cabecera de la cama. El comisario Segura estudia el dormitorio frotándose el mentón. Parecen restos de un naufragio tras una noche de batalla naval. Se acuclilla observando los dos cadáveres bajo la sábana arrugada. No toca nada.
  —El juez Barena —le anuncian.
Segura saluda lacónico:
  —Marido despechado.
Barena le estrecha la mano. Aparentemente un gesto formal entre amigos cuyas mujeres, María y Elena, se conocen. El juez le retiene la mano, mirándole fíjamente a los ojos, advirtiendo:
Prefiero la venganza fría — sin despegar la mirada del comisario señala con la barbilla a los amantes—, sin sangre. Lentamente.
El índice de Barea sobre el pecho del comisario marca un silencio violento que el juez rompe al alejarse:
  —Me olvidaba… Saludos de Elena…
Segura se queda un instante con la mano bobamente extendida, rígida. Se le ha quedado helada. El flash del fotógrafo forense atrapa un tic nervioso sacudiendo el labio inferior del comisario y su mano escondiéndose en un bolsillo. Ahí, dentro de la gabardina, hecha un puño, late temblorosa como un segundo corazón desbocado.

©Mikel Aboitiz