21 sept. 2012

Relato: Nácar


Nácar

Vestía pieles de astracán y empuñaba firmemente una pistola de cachas nacaradas con un brillante engarzado en la culata. Él mostraba las palmas vacías de las manos haciéndose el inocente y una sonrisa en la que no cabía el miedo. Estaba tan seguro de que ella no apretaría el gatillo como de su porte de dandi y del precio de su sonrisa canalla flotando sobre un mentón partido y varonil. Al acercarse a ella sus pasos lentos resonaron sobre el pavimento de la calle oscura y vacía. Avanzó queriendo domar una fiera, sosteniendo su mirada por encima del collar de perlas. Inclinaba la cabeza levemente sin dejar de sonreír para convencerla de sus buenas intenciones, tomándola por un animal receloso y no por amante despechada dispuesta a todo. A corta distancia osó a rozar suavemente uno de sus rizos dorados, tratando de ganar su indulgencia, ignorando su orden de no moverse, su petición desesperada, reafirmada en la sangre huyendo de los nudillos por la presión contra el arma. Apretaba la mano, poniendo en valor su blancura con la palidez del nácar y de la luna flotando sobre el horizonte de fachadas oscuras. Con un leve cabeceo él le pidió la pistola, confiado en que la depondría y se echaría a llorar rendida en sus brazos. Su gesto no anticipó ese corto resplandor, ese fogonazo que le hizo hincar la rodilla antes de caer al suelo. Los nudillos de ella volvieron a recuperar el color al soltar el arma y salir huyendo, dejando atrás la luna partida en el brillante de la cacha de nácar.   

©Mikel Aboitiz

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