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21 nov 2020

El valor necesario


 

El valor necesario

Tras las cortinas, la luz de la habitación de la esquina del caserón deshabitado siempre estaba prendida, pero hasta aquella noche en que la vigilaba desde mi dormitorio, nunca ocurrió nada.

Con luna nueva solía quedar con Juan y María para espiar aferrados a los herrumbrosos barrotes de la verja y escudriñar a través del jardín la habitación iluminada. Éramos solo tres amigos y yo, creyéndome el audaz, intentaba reunir valor para entrar ahí y buscar pistas ciertas sobre rumores que hablaban de espíritus y degollamientos que ellos no parecían tomar tan en serio.

Aquella noche, en vela tras rechazar María mi invitación para ir al cine solos, vigilaba el caserón con los prismáticos. Unas nubes rápidas peinaban los tejados. En las calles no había un alma. De pronto, se apagó la luz de la ventana, brevemente, como el inquietante pestañeo de un cíclope mitológico; la ventisca azotó los árboles del jardín y, poco después, dos sombras deformes se movieron tras el telón de las cortinas. Tragué saliva ajustando al máximo los prismáticos y enfoqué la puerta. María abandonaba la casa de la mano de Juan con los ojos extrañamente encendidos. Esa noche dejé de creer en fantasmas.

©Mikel Aboitiz

 

 

4 mar 2014

Micros con segunda oportunidad


- Isobaras - 

De corazón y científicamente: así amaba al hombre del tiempo. Sus ojos azules, aquellos anuncios de anticiclones. Su viril presencia ante el mapa de isobaras. Tenía un plan. Era periodista. Fue fácil concertar con él una entrevista. Llegada la fecha, cambió las sábanas, escenificó un desorden perfecto en el apartamento, se subió la cremallera del vestido guiñando un ojo al espejo y abandonó la casa confiada en sus armas de mujer. La entrevista fue bien. La velada, mejor. El hombre del tiempo aceptó encantado el desorden de su piso y, a media noche, superando todo pronóstico, un maravilloso huracán (categoría cinco) devastó su dormitorio.

©Mikel Aboitiz



27 feb 2013

Salvaje informa sobre Salvada y sus médicos



Parece que Salvada, no tiene suficiente con los abogados y ha decidido pasarse a los médicos. ¿Que cómo? Utilizando las cinco palabras obligadas del concurso de abogados (en este caso, las mismas que usó en Zahorí entogado: Vértigo, brújula, vástago, carámbano, jurídico) y la restricción de 150 palabras para confeccionar un relato esta vez de médicos.
Aquí os dejo su relato (ella está demasiado ocupada catando la nueva añada de Riesling como para ocuparse de esto). 


¡Y ni una palabra más!





Nuevo intento


Al escuchar la noticia de labios del doctor me quedé fría como un carámbano. Tal vez influyó que usara la palabra 'vástago' al comunicarme que sería niño. 'Vástago' me sonó a término jurídico. A sentencia inapelable.
   —¿Es definitivo? —pregunté aferrada a la nada, el único asidero de los desesperados.
   —Así es —respondió el muy cobarde, apartando la vista hacia la ecografía.
Sé que él no tuvo la culpa. Pero la suerte nunca está de parte del mensajero. Monté en cólera (enajenación transitoria lo llamaron). Lancé por los aires todo lo que encontré en la consulta. Se la puse patas arriba. Todavía estoy viendo sus ojos espantados, girando como brújula sin norte. Y la cara de burra de la enfermera que terminó noqueándome. Su aliento a cebolla aún me repele. Siento vértigo. Yo quería una niña. ¡Por fin una niña para sus seis hermanitos!
Cuando salga, volveremos a intentarlo...


©Mikel Aboitiz

 

19 dic 2012

En menos de 101 palabras



Tras haber sido probado en un dentista jubilado en 1982, el corazón artificial Jarvik VII fue implantado por primera vez en una mujer un día como hoy, 19 de diciembre, de 1985


CoRazón

Me implantaron un corazón artificial. A punto de haberlo perdido todo, comprendí muchas cosas, me volví más reflexiva, analítica. Aprendí a valorar lo verdaderamente importante. Mi marido comenzó a acusarme de convertirme en una persona distante, fría, en un ser sin corazón. Pero se equivocaba: soy capaz de sentir. Puedo imaginarme el dolor que le causó que, tras un año de la operación, le dejara para rehacer mi vida junto a otro. También entiendo su sufrimiento al enterarse de que este era su mejor amigo. Pero, ya lo dijo Pascal: el corazón tiene sus razones que la razón ignora.

©Mikel Aboitiz



29 oct 2012

Esta foto me pedía unas líneas


Reencarnación de las bicis


Mi bici es más que una bici. Tiene muy buen karma.Tres veces me la han robado y tres veces la he recuperado, como a un perro escapado que halla el camino de vuelta a casa. La encontré abandonada en un parque cercano; alguien dio con ella o se la quité de las manos a un vendedor de mercadillo espabilado (no demasiado espabilado).

Aunque le falte el sillín, los frenos se saltaran en una curva y las luces no iluminen, mi bici tiene más vidas que un gato callejero. Ayer se la dejé al chatarrero y ahora espero confiado a que el destino me la devuelva en forma de una buena lata para guardar recuerdos. ¡Qué buen karma!

 ©Mikel Aboitiz


16 sept 2012

En menos de 101 palabras: Variaciones Diabelli



Variaciones Diabelli

Microhomenaje a 
Ludwig van Beethoven (1770 - 1827)

A mí y a otros cincuenta fotógrafos nos pidieron un trabajo sobre la pobreza para publicar una antología. Rechacé el encargo, pero cuatro años después, terminé enviando todo un reportaje de treinta y tres retratos sobre el tema. Necesité ayuda. Revelado y selección. Seguramente conozcan mi caso. Fue sonado: Fotógrafo vuelve a publicar tras perder la vista. Ignoraban que, tras el accidente, gané olfato: podía oler la miseria. El tiempo juzgará si la supe captar en mis retratos de magnates. Ahí están: pillados mirando hacia otro lado, desentendidos, creyendo que yo no me daba cuenta. Mírenles. Ustedes pueden.

©Mikel Aboitiz


6 jul 2012

Microrrelato


Caminar de espaldas

La pareja de jóvenes abrazados se despide en medio del fluido tránsito de viandantes. Las manos de ella sujetan la nuca del chico, que arropa suave su cintura de cristal entre las manos. En medio de la calle remedan un extraño baile. La chica sin mover los pies, y él, arrastrándola en su abrazo. Al abandonar la cabeza junto a su pecho, toda la voluntad de la muchacha se concentra ahora en quedarse parada, como un peso inamovible reteniendo un destino adverso frente a los paseantes imperturbables, frente a una separación irremediable. Una sala de espera en una estación sería más propicia, pero los adioses no aguardan trenes. Finalmente, cada uno tira por su lado, guiando sus pasos por entre la hormigueante multitud. La chica se seca las lágrimas mientras un ejército de autómatas, una marea humana, la engulle y ella camina, con piernas flojas, contracorriente, sin que nadie repare en esa muchacha de vaqueros desgastados, afanada en secarse los ojos dentro del torbellino de gentes ocupadas, preocupadas, alegres, indiferentes, beatas y beodas que la flanquean. El muchcacho se ha escabullido por una boca de metro, ganando la luz artificial de los túneles que alumbran su pena, un abismo que le resbala por el estómago; el zarpazo de un oso, la oportunidad de un trabajo en lugar lejano, la obligación de separarse recorriendo la ciudad pesado, como en los sueños en que se corre, pero no se avanza. Ambos se dirigen a alguna parte de su futuro como si caminaran de espaldas, alejándose el uno del otro ante el resto del mundo, esa muchedumbre ignorante.

©Mikel Aboitiz