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14 jun 2019

Reeditados

Enlace al texto leído por la voz silenciosa: Para escuchar en ivoox







La primera vez

La primera vez fue inolvidable como un flechazo. Sus ojos, su mirada nocturna en un pasillo del metro. Ella acechaba nerviosa por si aparecía alguien. Fue algo rápido. Un intercambio veloz. Al principio él pensó que se trataba de una broma, que esa chica guapa de melena ondulada y tenis sucios no tendría redaños. Pero bien que los tuvo. Él se sintió estúpido y jadeante en cuanto la perdió de vista. Poco después comprobó que en aquella ciudad no solo abundaban las esquinas oscuras y los vanos profundos de puertas olvidadas, sino que había más mujeres que las sabían aprovechar.

La segunda vez fue con luna nueva. Ella era grande, caballuna y él no dudó de su decisión, para qué resistirse. El encuentro fue fugaz como un trámite. Casi sin cruzar palabras. En aquella maldita ciudad aprendió a hacer sin rechistar lo que las mujeres le pedían. Pero sobre todo jamás olvidaría los ojos húmedos y azules de la primera vez, cuando entregó el billetero a cambio de no albergar en su tripas veinte centímetros de acero.

©Mikel Aboitiz





28 dic 2018

Reeditados




 - Metafísica lineal -

Matilde R. (diecisiete mil puntos, habitante de una hoja en blanco, página cuarta del cuaderno, tinta azul) es una línea cualquiera de trazo más o menos firme que progresivamente —punto a punto— repta hacia el margen derecho del bloc. Matilde repasa a menudo con añoranza su vida desde allá sus primeros puntos cerca del borde izquierdo de la hoja hasta llegar al momento actual, próximo a la orilla derecha de la página. Lánguida y relajada deja que su memoria repase morosa las hondonadas y cúspides que conforman su recorrido tendencialmente horizontal. Sin embargo, su mayor preocupación ya no es que su cuerpo de puntos azules deje de alargarse, sino esos abismos vacíos y blancos a izquierda y derecha —los márgenes— que nunca alcanzará ni comprenderá. La certidumbre de su ignorancia le produce constantes escalofríos que se extienden a lo largo de todo su cuerpo y que no cesarán hasta que llegue su definitivo y azul punto final.


©Mikel Aboitiz

23 sept 2018

Reeditados: Otra historia de abogados



Makiabello

Dejarme sin tele era la medida de coerción favorita de mi madre. Si fallaba, la posterior comparecencia ante mi padre se resolvía cinturón en mano, por vía disciplinaria. Como reacción a tan hostil imperio de la ley hogareña, me eché un amigo invisible, Makiabello. Él me enseñó retórica. También que la delación es un arma invencible frente a los indiscretos.
Con su ayuda me convertí en el mejor abogado de mi propia causa y mi casa se transformó en un hotel de lujo: tele a todas horas. Papá no volvió a encerrarse en el baño para quitarse carmín del cuello al volver del trabajo y el cartero ya no entregaba a mamá ningún sobre en mano en el dormitorio.
Pensarán que mi amigo invisible desapareció pronto: se equivocan. Siguió vigilando para mí, observando el comportamiento de mis padres y disfrutando conmigo de Bonanza. ¡Ventajas de tener un amigo invisible!

©Mikel Aboitiz


20 oct 2016

Reeditados




Microreeditado en atención a J.C.
y a su invencible defensa siciliana en el Catala

Llegas tarde, David Bowie


Llegas tarde, David Bowie. Te esperábamos antes porque ya rebasabas los méritos para estar entre nosotros. Siempre corrieron rumores de que vendrías. Al fin llegas. Ha sido una larga espera. Lou, impaciente, ha vaciado cargamentos de botellas de ron, buscando en sus entrañas, cuándo llegarías. La sonrisa de Freddy se ha ensanchado al cumplir su promesa afeitándose el bigote: «Cuando llegue, me afeito. Yeah!». Después de mucho buscar hueco, Amy podrá enseñarte su tatuaje nuevo: un camaleón con ojos de diferentes colores. Vamos, que aquí estamos la mar de alegres, encendiendo las velas de la tarta de recibimiento, la tarta de los «no más cumpleaños». Lástima que ellos se queden tan tristes, ahí, llorándote. Al fin y al cabo, tienen tus vinilos. Nosotros por fin celebraremos tu venida. Ellos, que pinchen la espiral infinita de tus discos. En sus estrechos surcos no cabe la muerte.


©Mikel Aboitiz

10 sept 2016

Reeditados




La vida pausada 


La cabeza del caracol asoma de su concha como una colchoneta hinchándose a golpe de pulmón, extendiéndose lentamente, titubeante, irresoluta. Ella observa sin pestañear. En sus ojos negros brillan repeticiones minúsculas de su reptar por la hoja, un océano esmeralda surcado por un pesado buque que levanta su rastro húmedo de espumas en la mar. Imagino su alegría al contemplarlo, creo que ella disfruta esos movimientos inseguros, vacilantes, pausados. Si pudiera preguntarle cuánta poesía cabe en la espiral de un caracol, su respuesta no me decepcionaría: se lo zamparía. Así son las ranas. También ella.



©Mikel Aboitiz

27 ago 2016

Reeditaos


- Ascendemos. Gracias por perder su tiempo -

La muchacha del sombrero verde se dirige al décimo. Se abre el ascensor. Al fondo una mujer se aparta dejando en el espejo el hueco exacto para que la joven se vea como el huésped incómodo que se cuela en una fiesta. Ya está encendido el botón con el diez, no es necesario presionarlo, alguien se le ha adelantado: ¿El tipo del pantalón de rayas que la mira de reojo? ¿La mujer de rostro pétreo que vigilará cómo la luz escapa hacia abajo por entre la rendija de las puertas?¿O el hombre alto ocupado en registrarse los bolsillos? A la altura del cuarto se detienen. Entra un joven mal alimentado, de mirada torva. La mujer con perfil de moneda antigua se muerde el labio inferior, contrariada, mientras que el del pantalón de rayas permanece estático, sin ceder un centímetro de terreno. La chica del sombrero se sorprende a sí misma examinándole también con gesto adusto. El sujeto de enfrente le calibra a su vez entrecerrando los ojos receloso, sin dejar de rebuscar en su chaqueta. Se cierran las puertas. No del todo. Se abren de nuevo. Un pasajero tose, otro aprieta el botón. Falta aire. Vuelven a vacilar los mecanismos antes de cerrar con la rotundidad de una lápida. La ascensión tiene un ruido suave que invita a contar los segundos en un reloj interno, siempre frágil, a punto de quebrarse. Todos dirigen la vista hacia el suelo o el techo. Todos salvo el hombre alto que, de pronto, sonríe hacia la muchacha, saca un peine y se acicala atisbándose en el espejo por encima de ella. La cabina se detiene en el décimo. La chica se apea. Sin embargo, no lo hace sola, no (su asesino sale tras ella) y —a diferencia de usted— la pobre muchacha del sombrero verde nunca perderá ni un segundo de su corta vida imaginando cuál de los pasajeros siguió sus pasos.

©Mikel Aboitiz

16 ene 2016

En menos de 101 palabras


Perrillo: cuadrúpedo de índole doméstica, cuasante de incomodidades cuando sostitene su peso sobre tres patas.
La lengua Salvada (del Diccionario inconcluso de necedades)

Recursos Caninos

Aquella mujer que esperaba conmigo el ascensor tenía los ojos tristes de un pequinés y yo —pendiente del ERE— un día de perros, así es que ni le cedí el paso ni saludé. Dentro de la cabina se giró recriminatoria, con cara de bulldog, para ladrame un «buenos días». Me acobardó, me sentí descortés, pillado en falta. Al llegar al nivel de las oficinas, reculé con el rabo entre las piernas.
No era necesario ser un sabueso para caer en la cuenta de que era la nueva directora de personal. El dóberman del jefe.


©Mikel Aboitiz

30 nov 2015

El banquero anarquista de Pessoa



Fernando Pessoa (13 de junio de 1888 - 30 de noviembre de 1935)



El tiempo, que fluye con paso caprichoso, unas veces rápido y otras lento, tiene un discurrir objetivo marcado por los calendarios y otro subjetivo, al ritmo de ese músculo que casi todos llevamos en el pecho. Es por eso que al leer El Banquero anarquista de Pessoa, publicado en 1922, hace ahora justo 90 años, lo sentimos tan vigente como un latido actual.

Bien es cierto que el anarquismo ha perdido peso, ha adelgazado con los azares de la Historia. Sin embargo, los banqueros y su ética arden ahora (temporalmente) al fuego lento del infierno de la crisis. ¿Quién mueve los hilos de esta sociedad? ¿Es oportuno combatir contra la burguesía o esperar a una revolución? Pessoa deja hablar largo y tendido a un banquero, de manera tan aparentemente lógica y clara, que el libro se devora de un tirón. En él, un hombre de negocios sin escrúpulos explica a un sorprendido amigo sus convicciones anarquistas. Y lo hace con método, permitiéndose ir resumiendo de tanto en tanto sus teorías para que su contertulio no pierda el hilo del discurso. Este banquero anarquista es un hábil maestro de la falacia que se permite justificar canallamente su comportamiento egoísta —ayudar al prójimo, entiende, es robarle libertad — mientras te echa el humo de su tabaco a la cara. Si no fuera porque ya no necesita más dinero, te quitaría la cartera según le escuchas perorar y culparía a las «ficciones sociales» del robo, alegando que estas son las responsables de los males y no los hombres que las encarnan.

El banquero anarquista, o mejor el sofista banquero, está cortado a la medida del self-made-man, que Julio Camba (¡un auténtico anarquista juvenil!) describiera pocos años antes en 1917 como un hombre sin padre ni madre, añadiendo:

«El self-made-man nos cuenta siempre su historia, y lo peor es que lo hace con un fin educativo. Tiene la manía de presentarse ante los demás como una lección experimental sobre la manera de hacerse hombre, esto es, de hacerse hombre acaudalado» (Un año en el otro mundo, Julio Camba pg.93-94. Ed. Rey Lear)

Pessoa esconde trampas en los caminos que sigue el discurso de su banquero. Traza atajos, construye falacias por cuyas veredas da gusto perderse para disfrutar de un sano senderismo mental. Un par de descripciones de los gestos del banquero al hablar entreveradas en sus argumentos, redondean la caracterización de este fumador pausado, de conciencia tranquila o, en todo caso, de gran inteligencia y escasa modestia.

Después de terminar el banquero anarquista y abrir un diario cualquiera, aún resuenan en el aire ecos de Pessoa. Son murmullos de desasosiego que se confunden con el ruido de pasar las páginas, anegadas de noticias económicas. Una sensación extraña y envolvente gana terreno al lector, temerariamente asomado al balcón de los titulares. Este puede sentir como si alguien, desde dentro del periódico, le echara descaradamente a la cara el humo de un puro gigante. Un humo espeso y blanco que oculta quién hay tras él y huele. Apesta.


©Mikel Aboitiz

9 nov 2015

Reeditados

Este viernes Gil de Biedma  cumpliría años...


Celos

Nacer con cuarenta y tres años me aportó una inusitada madurez que hube de hacer valer nada más asomar por entre las piernas de mi madre. Yo, que ya había leído a Gil de Biedma, conocía las dimensiones de este teatro que es la vida y raudo, di las buenas tardes con timidez, afanándome por parecer educado.
Mi madre me aceptó sin reservas, mas mi padre, algo celoso, insistió en ver mi cartilla de la mili antes de otorgarme el apellido. Corrían tiempos de bonanza y, apenas nos acostumbramos a sostener el trabajoso triángulo escaleno de nuestra vida en común, mi madre anunció que tendría un hermanito. Así es que —aunque pensándolo bien, nunca se sabía— comencé a hacerme a la desagradable idea de dejar de ser el pequeñín de la casa. 

©Mikel Aboitiz

3 mar 2013

Relatos reeditados: una segunda oportunidad




FUTURO IMPERFECTO. FUTURO INCIERTO

Tras una grave crisis de salud, concertó una cita con el prestigioso doctor Cifuentes en su clínica particular de las afueras para ser internado allí en un plazo de dos semanas. Sin tiempo para admirar el mobiliario de caobas ni los infinitos detalles de buen gusto decorativo, una enfermera le condujo directo al despacho. Allí le recibió el doctor, quien le explicó que su estado realmente era grave, pero que debía tener confianza, porque estaba seguro de que trabajando juntos lograrían restaurar su minada salud. Añadió, desplegando las hojas del historial, que según sus informes, su crisis de salud era aguda. Se imponía tomar medidas drásticas –variaciones estructurales en la dieta (no más azúcares superfluos, no más sal, no más carne), en sus hábitos (horarios fijos, muchas horas de sueño) y hasta le planteó un cambio en sus aficiones más íntimas. El paciente lo escuchó todo sobrecogido, asintiendo automáticamente mientras el doctor, con rostro serio, apuntalaba sus argumentos mostrando valores de los análisis de sangre que a él se le hacían ininteligibles y radiografías de lo que se suponía era su maltrecho cuerpo. Finalmente, un rayo de sol proveniente del cuidado jardín o algún mecanismo interior, le reblandeció el rostro y en tono altamente afable, con voz queda, se inclinó hacia adelante apoyando los dedos entrecruzados en la mesa que los separaba y remató confidencial: venir a nuestra casa es la mejor decisión que pudiera tomarLe esperamos en dos semanas. Carraspeó significativamente y reiteró que, trabajando juntos, conseguirían vencer su enfermedad. El médico le tendió con decisión la mano antes de acompañarlo hasta la puerta. En una sala de espera contigua atendía su turno otro hombre con la salud carcomida a ojos vistas.

Condujo hasta casa lentamente, sopesando todo lo que debería hacer antes de ingresar en la clínica. Se sintió algo necio pues, en realidad, aún nadie le había explicado bien cómo sería el famoso tratamiento de choque que le aplicaría el doctor Cifuentes y él ya había firmado el ingreso. ¿Habría actuado correctamente? En casa de nuevo le dolió el estómago. Tragó otro comprimido al tiempo que encendía la televisión. Las persianas bajadas oscurecían la habitación. Se sentó frente a la tele dispuesto a olvidar. Un agradable olor a humedad venía desde el jardín. Puso un canal y apareció en primer plano un político con rostro solemne que conminaba al público a apoyarle en las inminentes elecciones para así poder sacar adelante el país. En catorce días comenzaría una vida nueva e incierta para él. Miró a la pantalla y con el papel de ingreso firmado en la mano, pensó en el doctor Cifuentes.


©Mikel Aboitiz