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19 may 2018

Salvaje informa sobre Salvada

    En esta ocasión, Salvada bajo su seudónimo de Mikel Aboitiz, ha llegado a la final semanal de Wonderland de Ràdio 4 con Jauría pirata

8 oct 2013

Salvaje tirando de la lengua


 Salvada parece haber abandonado el blog, tanto hace que no publica nada. Lo último que sé de ella es que está en lucha con el tiempo. Entre sus papeles he encontrado una nota que a continuación publico. Alguien tiene que tirar del carro, tomar la iniciativa, para que La Lengua Salvada siga en marcha...


¡Y ni una palabra más!





- Envejecer - 

Hacerse mayor es como morir de muerte natural: todos los días te vas muriendo poco a poco. Lo bueno es que si no te fijas, ni te enteras: te miras en el espejo y un tipo con canas (o sin pelo) te devuelve el saludo sin notar canas o echar en falta pelo; agarra el cepillo de dientes y cuando lo deja, es tres minutos mayor, ha pasado una agonía indolora entre espumas de dentífrico. Escupe la pasta de dientes y todo se va por el sumidero que es un reloj de arena pegado a su lavabo.


©Mikel Aboitiz

9 sept 2013

Salvaje presenta cambios


 Tras sufrir problemas técnicos, Salvada ha decidido lavarle la cara al blog: pintar de colores sus paredes, remozar la fachada e introducir algunos cambios progresivos para evitar que el paso del tiempo lo deteriore. 
Yo, Salvaje, soy más lampedusiano y opino, amable lector, que todos estos cambios contribuirán a que este blog siga igual que siempre, poco visitado. Sin embargo, aprovecho para agradecer todos los comentarios de los lectores que tiran de la lengua a Salvada animándola a colocar aquí sus escritos. 

Gracias 

¡Y ni una palabra más!


2 ago 2013

Salvaje informa sobre Salvada con pseudónimo


Salvada, tal vez vencida por los calores estivales, ha descuidado el blog. Mercenaria ella, ha salido en busca de fortuna concursando, otra vez bajo pseudónimo (Mikel Aboitiz). Dejo aquí el enlace y ya no digo más. El que lo desee, que comente.

Concurso Red de Abogacía

¡Y ni una palabra más!



19 mar 2013

Salvaje informa sobre Salvada con pseudónimo




Acaban de poner de nuevo voz a la Lengua Salvada. Parece que a Salvada le funciona bien el pseudónimo Mikel Aboitiz, especialmente si se lo pronuncian como Miquel, ¡ja, ja,ja!

Bueno, pues aquí va el audio y los enlaces a La Esfera Cultural y a la entrada de Salvada. La lectura es de "la voz silenciosa".



¡Y ni una palabra más!

 

9 ene 2013

Salvaje recuerda a Richard Yates



 He decidido volver a publicar Soga, papel y boli por mi cuenta, a la espera de que Salvada reaccione. No me interpreten mal... Me explico lentamente: Salvada ha recorrido un camino ascendente, escribiendo primero sobre Carver y luego llegando a Cheever. Pero entre uno y otro echo en falta a Richard Yates, el escritor de escritores; el poco leído por el público, pero muy alabado por sus compañeros de pluma Richard Yates (1926-1992), quien —junto a Cheever— es un referente de los guionistas de la serie televisiva Mad Men. Pues bien, en A good scool (Una buena escuela) de Yates, la coincidencia hace sonreír, porque el profesor de química se apellida Draper, igual que el protagonista de Mad Men. Sin embargo, no se parecen absolutamente en nada. En Una buena escuela hay un dramático episodio en el que Draper intenta poner fin a sus días. Mi intención es que Salvada recuerde al personaje de Yates y que, por fin, se anime a contar algo sobre este autor, que es mucho más que el espíritu de Mad Men o de la película de Sam Mendes (protagonizada por DiCaprio) Revolutionary Road.
Lo dicho, os dejo con Soga, papel y boli y ¡ni una palabra más!




Soga, papel y boli

Una soga tiene muchas posibilidades. Aquí el grosor y la flexibilidad son importantes, fundamentales para solucionar el problema. Su longitud no es, sin embargo, excesivamente relevante. Toda soga que se precie debería alcanzar los centímetros necesarios. Si no, deja de ser una soga para convertirse en un mero trozo de soga, un resto amputado e inútil. Hay quien desesperado echa mano de un cinturón por no hallar una soga, pero solo en casos extremos. Lo que no puede faltar es una silla o banqueta. Concretemos: ha de ser ligera, fácil de volcar. Por último se precisa de una viga, gancho o travesaño situado a una altura razonable y proporcionada a la estatura del sujeto. A mayor distancia del suelo, más plasticidad. Pero tampoco hay que exagerar. Resta algo indispensable: buena letra, papel y boli. Nada de tintas rojas. Seamos sobrios y escuetos en el mensaje. Eviten las telenovelas. El efecto de estas escasas líneas está garantizado. Incluso si quedan incompletas. No escriban demasiado. Queridos todos, tomo nota de mi propio consejo. Creo que me estoy alargando. Adiós.

©Mikel Aboitiz

27 dic 2012

La lengua salvaje despide el año por salvada




 Salvada me ha pedido que desempolve esta entrada para reeditarla como despedida de este año que se nos va . Se ha puesto algo sentimental (otra vez el Riesling) y desea a todos sus lectores un feliz 2013, agradeciéndoles muy especialmente sus comentarios.

Cuelgo la entrada y         

¡Ni una palabra más!                  

Visto en Berlín: Amanece en el Kaiserdamm

 



A veces el cielo se enciende. Arde por encima de los tejados sobre la ciudad que no bosteza, pero estira sus miembros —se abren puertas, los camiones descargan en los supermercados, las cafeteras destilan droga negra, las duchas flagelan pieles con sus primeras aguas heladas—. El Kaiserdamm se despereza mirándose en las aguas gélidas del lago, del Lietzensee, empezando otro día más, sin atender al incendio inverso que lo cubre. Sin prestar atención al fuego que se consume por encima del tráfico, de las fachadas, recortadas sobre ese incendio que no quema, que no arde y que, sin embargo, recuerda que todo el Kaiserdamm, que todo Berlín, cabe en el puño de un cielo enorme y caprichoso que finge quemar cuando solo acaricia como un suave buenos días nada más saltar de la cama. Antes de meterse a la ducha. Antes de poner el café y prepararse para el veneno diario sin más tiempo de alzar la vista.


©Mikel Aboitiz

                                      

7 dic 2012

Salvaje informa de Salvada, Banville y Jánter


 Vaya, vaya. Parece que Salvada está perdiendo ritmo de publicar y tirando de entradas antiguas. No es de extrañar. Su papelera está atiborrada de botellas de Riesling vacías y entre ellas he encontrado un manuscrito mercenario que presentó a un concurso. Su intención era clara: ganarlo y llevarse un premio en especie de unas afamadas bodegas jerezanas. Bien, solo diré que no ha cambiado de bebida, solo de lectura: desde que leyó la reseña de Jánter, Salvada está como loca, devorando John Banville. A Jánter se puede le puede leer y disfrutar en su blog Bitácora de un fracasado. Es directo, salvaje, como a mí me gusta. (pincha para leer su reseña).  El relato rescatado de la papelera lo transcribo a continuación.



Inmersión

El presidente de la comunidad de vecinos baja a escape de la reunión en la azotea desde donde aún llegan las protestas de la vecina de los rulos rosas: «¡¿Y las cañerías?!». Cierra la puerta del piso apoyando la espalda en ella, exhausto, sudoroso. Oye un último «¡¿Y las cañerías?!» amortiguado, lejano, como si estuviera sumergido en agua. Su piso es un submarino, zona segura donde servirse una copa camino del sillón orejero. Por fin solos él y su brandy jerezano. Prueba un sorbo; entrecierra los ojos reteniendo los sabores a madera y vainilla. Siente paz. Su ceja izquierda permanece arqueada, alerta ante posibles movimientos allí arriba, en la superficie. Bebe otro sorbo. Ahora el silencio en el submarino es total. Él, su capitán, los pies sobre la mesita, se relaja. Siglos de tradición y cultura descansan en su copa, ajenos al tiempo fugaz que marca el reloj de pared, renqueante al dar la hora, como si fuera la única maquinaria que impulsa el submarino. ¿Bebía también el capitán Nemo brandy jerezano? Sonríe. De pronto suena la alarma a bordo y a la voz de «¡Inmersión!» rellena la copa mientras la de los rulos se ensaña con el timbre.

©Mikel Aboitiz


3 may 2012

Salvaje vuelve a la carga contra Salvada



Salvada está perdiendo los papeles. Ya, esto no es ninguna novedad, me dirán... Me limito a transcribir lo que he encontrado en uno de sus cajones y ¡ni una palabra más!







 Décimo seguidor de la lengua salvada

—Juan de la Cosa, ¿no? De profesión cartógrafo...
—No, disculpe: Cossa, con dos eses. Y mi nombre es Sergio, no Juan.
El hombre del mostrador corrige concienzudamente los datos en sus papeles. Utiliza un bolígrafo diminuto, como hecho a su medida. Acabada la corrección, libera el labio superior de entre los dientes e indica amable, antes de alejarse pasillo adelante:
—Bien, espere un momento, por favor.
A medio camino se gira dudando:
—Juan, me dijo, ¿no?
Sergio le corrige de nuevo llenándose de paciencia. Para hacerlo se ha levantado un instante del sofá. Pasa un minuto. Dos minutos. En la sala de espera hay varias revistas. Cossa toma una, hojea otra; mira al fondo, inquieto, intentando descubrir algún movimiento en el oscuro pasillo, que parece una boca que se hubiera tragado al hombrecito y exhalara un aliento fresco. Pero no; se trata del aire acondicionado que funciona fatal, intermitente. ¿De dónde habrá salido este hombrecito con ese traje rojo o rosa como una lengua? En todo caso, le quedaba un poco grande, además de chillón. Una puerta abriéndose le saca de sus ociosos pensamientos. Desde el fondo del pasillo avanza el hombrecito, sudoroso, empapado. El calor en la sala de espera es insoportable. La mancha rosa o roja, avanza, como si fuera una lengua saliendo de ese pasillo profundo como una boca y se burlara de él y de su espera. Mortal este calor. Cossa ya no sabe a qué ha venido a este lugar. Acierta, lo justo, a incorporarse e ir junto al mostrador al encuentro del hombrecito, que empapado en sudor, le informa:
—Señor de la Cosa, sea usted bienvenido —aquí despliega una sonrisa de dientes de leche, añadiendo tras una pausa excesivamente dramática y vacía—: le hemos dado el número 10, como a Maradona. Maradona, ya sabe...
Cossa no está seguro de haber escuchado bien. Ese maldito calor no le deja pensar. ¿Es un chiste eso que le ha dicho el hombrecito? ¿Debería reírse?, ¿ignorarle? Porque el hombrecito está ahí parado, frente a él, con las manos sobre el mostrador, extendidas sobre un teclado invisible, a la espera de una reacción. ¡Dios, qué calor! Que alguien arregle el maldito aire acondicionado. El hombrecito no se mueve y ¡cómo suda! Parece envuelto en baba. ¿Qué espera de mí? De repente algo hace clic (¿han arreglado el aire acondicionado?) y el hombrecito se ha esfumado. Así de sencillo. ¿Seguirá sudando allá donde esté? Clic y el hombrecito ha desaparecido.

©Mikel aboitiz


30 mar 2012

Clasificados



Sospecho que, descontenta con la escasa repercusión de su recién publicada microtrilogía Dictadores y vencidos, Salvada intenta buscarse la vida como puede en estos tiempos de crisis... He encontrado este anuncio que bien podría haber sido pagado por ella...



¡ni una palabra más!



   

20 ene 2012

Salvaje espía a Salvada en la cocina

Ayer vigilaba Salvada un perol sobre el fogón. Asomaba su rostro sobre el burbujeante líquido como un Narciso con mandil y zapatillas de felpa rosa, cuando se coló en su cocina un gorila hambriento que fue a sentarse en silencio en el suelo, junto a la escoba.
—¿Y tú, de dónde sales?
—Vengo de Asturias. Soy descendiente del primer rey asturiano —contestó distraído el gorila mientras se sacaba un piojillo de debajo del sobaco, bizqueaba examinándolo pinzado entre dos dedos y se lo metía a la boca después de haberlo reventado con saña—. ¿Le suena la batalla de Covadonga?
—Pareces un gorila instruido y muy humano —esto último lo dedujo Salvada al comprobar la indiferencia con la que aplastara al indefenso piojillo.
—Tengo hambre —el gorila lo dijo ablandando las facciones de su cara. Definitivamente a Salvada le resultaba simpático y lo celebró bebiendo a morro otro buche de vino blanco antes de regar la sopa (no sé de dónde sacaría la receta, pero iba por la tercera botella y cocinaba para cuatro)—. Deme algo, por favor —pidió cortés el gorila.
—Toma un plátano. No te cortes: pela, pela, yo voy terminando esta sopa de letras y te doy un poco. Espero que te guste. Es mi bienvenida.


Eso fue lo que oí, y... ¡ni una palabra más!