Mostrando entradas con la etiqueta Relatos con segunda oportunidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos con segunda oportunidad. Mostrar todas las entradas

9 dic 2014

Relatos con segunda oportunidad



- P(x) -
Lo más seguro es quedarse en la cama. Si sale, puede caerle una teja de una cornisa o hasta atravesarle un rayo (las tormentas repentinas son impredecibles). Sí, lo más seguro es permanecer acostado, pues nunca se sabe, tampoco en casa: un fatídico resbalón en la ducha, el famélico cable de la tostadora provocando un incendio en el desayuno… Sí, mejor no levantarse, posponerlo todo.
Avanza lenta la mañana y el sol tamborilea con sus dedos de luz en la almohada que le cubre el rostro. Gritos de niños en el patio y olor a comida se cuelan por la rendija de la ventana y él comprende que tendrá que levantarse. Se ducha, come algo y sale. En la calle el sol irradia vitalidad, le deslumbra. Le obliga a cerrar los ojos. Por eso no ve la cornisa, tampoco la teja, y nunca sabrá lo estúpidamente acertado que era quedarse en la cama.




©Mikel Aboitiz

5 jul 2014

Relatos con segunda oportunidad




- Momentos cumbre -

Escalar el Everest, congelarse en la subida. Sufrir, culminar la cima, jugarse la vida para luego tener que bajar. ¿Un sinsentido? Una bota golpeando el cuero de un balón anclado al punto de penalti, a once metros de la gloria ante miles de gargantas al unísono enmudecidas: ¿también un sinsentido? ¿Puede una patada valer una vida? Luis Gómez, Pajarito, no piensa ahora en todo eso mientras acaricia el balón, los ojos fijos en el portero. No está para nada más allá del césped. No está en su casa viendo su película favorita (la naranja mecánica), sino que se encuentra a once metros de la felicidad. O del descalabro. ¿Piensa en los largos entrenamientos, en las patadas recibidas, en madrugones, en autobuses incómodos, en los estudios dejados a medias? No. Avanza de espaldas para tomar carrerilla. Debe tener confianza. Esa portería es mayor que el ojo de una aguja. El cancerbero estirándose como un animal antes de atacar —los brazos abiertos, las piernas separadas— no podrá detenerlo; no, no es tan grande como aparenta. Para grandeza la que le espera a Pajarito cuando chute directo a la red. De ella saldrá la gloria, el botín pescado en el fondo de sus sueños. Sonríe Pajarito nervioso a los aplausos de los hinchas que le animan a correr. No entiende por qué el míster ha decidido darle tal responsabilidad a él, un muchacho recién salido de la cantera. El guardameta taladrándole con los ojos, con la experiencia de mil encuentros, parece susurrar: Chaval, no lo lograrás, los nervios te van a poder. No pensar, chutar y no pensar. La tribuna está vacía, sus padres no le ven, los periodistas no existen. No existen. Solo hay un balón y tres palos, pero la mirada del portero le pesa como una mano sobre el hombro (no pasa nada, chaval, todos fallamos). Lanzará a la izquierda. Ajustará a la izquierda. Arranca, corre. Pajarito se ve a sí mismo desde fuera, como en la tele, acelerando. El olor a césped húmedo se le pega a la nariz. El público calla, grita, se oyen pitos. Los muchachos, no puede defraudar a los muchachos. El portero rival ocupa ahora toda la meta, ¡es gigante! Pero él revienta el balón con el empeine y la bola gira, gira tomando efecto. Ya está hecho. Transcurren unas décimas de segundo —una vida a corazón parado—, la pelota vuela y Pajarito está a punto de coronar su Everest. Ya rozan sus dedos la gloria de la cumbre, ¡ahí la tiene!, al alcance de su mano, pero también puede que de la del portero. El público se levanta emocionado.

©Mikel Aboitiz

3 may 2014

En menos de 101 palabras (sin el título)


- Atajos -

Volvíamos de enterrar a Camilo, mi tío abuelo. Íbamos demasiado rápido entre la niebla y seguí recto donde había curva. Nuestro coche dio dos vueltas de campana ladera abajo. —¿Estás bien, Laura? —pregunté escupiendo sangre. —Mejor que tú —respondió irónica—. ¿Te imaginas? Casi nos matamos volviendo de un entierro, ¡vaya! Permanecimos un rato abrazados antes de salir afuera. En la vida habíamos visto tanta niebla. Sentimos frío. —Lo importante es que estamos vivos —me consoló Laura ante el coche destrozado. —Alguien vendrá a socorrernos —añadí confiado. Tenía razón: entre la bruma, apareció nuestro salvador. Era Camilo, siempre dispuesto a ayudar.



©Mikel Aboitiz

29 mar 2014

Micros con segunda oportunidad





+-+ Saudade matemática +-+

Lo echa de menos, pero por más que lo intenta, no da con el qué. Por eso no para de cavilar, dividido entre razón y añoranza. ¿Qué es aquello que echa de menos? Algo no le cuadra. Quebrado, debilitado de tanto discurrir y penar, multiplica sus esfuerzos por dar con la raíz del problema. Echa el resto buscando el hilo conductor, el común denominador de sus inquietudes, hasta perder de manera integral la razón, el sentido de la proporción. Finalmente, muere desesperado, dejando que la tierra acoja en su seno a este hombre sin solución.


©Mikel Aboitiz

2 feb 2014

En menos de 101 palabras (sin el título)





Aires de guerra

Mejor te largas ya —me espetó tras la servilleta—, pero una cosa te advierto —un trozo de espinaca ocultaba parte de su colmillo— que la casa me la quedo yo. Y a los chicos, ni tocarlos.
Resopló exasperada y las llamas de las velas se estremecieron. Entonces se acercó a nuestra mesa un violinista sin tacto para atacar una pieza romántica junto a su melena. Ella clavó muda sus uñas rojas en el inocente mantel blanco y el músico también comprendió que las guerras estallan sin esperar a los postres. Acabábamos de perder la paz y el tiramisú.


©Mikel Aboitiz 

14 sept 2013

Relatos con segunda oportunidad



- Nácar -

Vestía pieles de astracán y empuñaba firmemente una pistola de cachas nacaradas con un brillante engarzado en la culata. Él mostraba las palmas vacías de las manos haciéndose el inocente y una sonrisa en la que no cabía el miedo. Estaba tan seguro de que ella no apretaría el gatillo como de su porte de dandi y del precio de su sonrisa canalla flotando sobre un mentón partido y varonil. Al acercarse a ella sus pasos lentos resonaron sobre el pavimento de la calle oscura y vacía. Avanzó queriendo domar una fiera, sosteniendo su mirada por encima del collar de perlas. Inclinaba la cabeza levemente sin dejar de sonreír para convencerla de sus buenas intenciones, tomándola por un animal receloso y no por amante despechada dispuesta a todo. A corta distancia osó a rozar suavemente uno de sus rizos dorados, tratando de ganar su indulgencia, ignorando su orden de no moverse, su petición desesperada, reafirmada en la sangre huyendo de los nudillos por la presión contra el arma. Apretaba la mano, poniendo en valor su blancura con la palidez del nácar y de la luna flotando sobre el horizonte de fachadas oscuras. Con un leve cabeceo él le pidió la pistola, confiado en que la depondría y se echaría a llorar rendida en sus brazos. Su gesto no anticipó ese corto resplandor, ese fogonazo que le hizo hincar la rodilla antes de caer al suelo. Los nudillos de ella volvieron a recuperar el color al soltar el arma y salir huyendo, dejando atrás la luna partida en el brillante de la cacha de nácar.

©Mikel Aboitiz

29 abr 2013

Salvaje informa sobre Salvada con pseudónimo



"La voz silenciosa" de La Esfera Cultural le ha prestado su voz a la Lengua Salvada que ha publicado alli con el pseudónimo Mikel Aboitiz.

Bueno, pues aquí va el audio junto con el enlace a la Esfera Cultural y la entrada con el texto. Y a ver si Salvada publica algo fresco  dentro de poco...



  La lengua salvada en La Esfera Cultural

¡Y ni una palabra más!





La primera vez

La primera vez fue inolvidable como un flechazo. Sus ojos, su mirada nocturna en un pasillo del metro. Ella acechaba nerviosa por si aparecía alguien. Fue algo rápido. Un intercambio veloz. Al principio él pensó que se trataba de una broma, que esa chica guapa de melena ondulada y tenis sucios no tendría redaños. Pero bien que los tuvo. Él se sintió estúpido y jadeante en cuanto la perdió de vista. Poco después comprobó que en aquella ciudad no solo abundaban las esquinas oscuras y los vanos profundos de puertas olvidadas, sino que había más mujeres que las sabían aprovechar.

La segunda vez fue con luna nueva. Ella era grande, caballuna y él no dudó de su decisión, para qué resistirse. El encuentro fue fugaz como un trámite. Casi sin cruzar palabras. En aquella maldita ciudad aprendió a hacer sin rechistar lo que las mujeres le pedían. Pero sobre todo jamás olvidaría los ojos húmedos y azules de la primera vez, cuando entregó el billetero a cambio de no albergar en su tripas veinte centímetros de acero.

©Mikel Aboitiz


 

9 ene 2013

Salvaje recuerda a Richard Yates



 He decidido volver a publicar Soga, papel y boli por mi cuenta, a la espera de que Salvada reaccione. No me interpreten mal... Me explico lentamente: Salvada ha recorrido un camino ascendente, escribiendo primero sobre Carver y luego llegando a Cheever. Pero entre uno y otro echo en falta a Richard Yates, el escritor de escritores; el poco leído por el público, pero muy alabado por sus compañeros de pluma Richard Yates (1926-1992), quien —junto a Cheever— es un referente de los guionistas de la serie televisiva Mad Men. Pues bien, en A good scool (Una buena escuela) de Yates, la coincidencia hace sonreír, porque el profesor de química se apellida Draper, igual que el protagonista de Mad Men. Sin embargo, no se parecen absolutamente en nada. En Una buena escuela hay un dramático episodio en el que Draper intenta poner fin a sus días. Mi intención es que Salvada recuerde al personaje de Yates y que, por fin, se anime a contar algo sobre este autor, que es mucho más que el espíritu de Mad Men o de la película de Sam Mendes (protagonizada por DiCaprio) Revolutionary Road.
Lo dicho, os dejo con Soga, papel y boli y ¡ni una palabra más!




Soga, papel y boli

Una soga tiene muchas posibilidades. Aquí el grosor y la flexibilidad son importantes, fundamentales para solucionar el problema. Su longitud no es, sin embargo, excesivamente relevante. Toda soga que se precie debería alcanzar los centímetros necesarios. Si no, deja de ser una soga para convertirse en un mero trozo de soga, un resto amputado e inútil. Hay quien desesperado echa mano de un cinturón por no hallar una soga, pero solo en casos extremos. Lo que no puede faltar es una silla o banqueta. Concretemos: ha de ser ligera, fácil de volcar. Por último se precisa de una viga, gancho o travesaño situado a una altura razonable y proporcionada a la estatura del sujeto. A mayor distancia del suelo, más plasticidad. Pero tampoco hay que exagerar. Resta algo indispensable: buena letra, papel y boli. Nada de tintas rojas. Seamos sobrios y escuetos en el mensaje. Eviten las telenovelas. El efecto de estas escasas líneas está garantizado. Incluso si quedan incompletas. No escriban demasiado. Queridos todos, tomo nota de mi propio consejo. Creo que me estoy alargando. Adiós.

©Mikel Aboitiz