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16 ene 2012

En menos de 101 palabras (sin frase inicial)


Productos cárnicos

Fue a buscar unas morcillas al frigorífico de la Barbie. Sentada sobre el arcón de las carnes, la Barbie, rubia oxigenada de busto exagerado como su minifalda, le preguntó la contraseña. «Te quiero» –soltó el charcutero. Ella contestó: «yo también te quiero» y levantó el culo para mostrar sus morcillas y carnes. La rubia cerró ligera el refrigerador. Luego guardó el dinero en el sujetador, y volvió a subirse al arcón a fumar aburrida viendo alejarse al cliente. Desde la prohibición del negocio de la carne, la vida era monótona. Exhaló coqueta el humo hacia arriba y comprobó el estado de sus uñas esperando al siguiente cliente.

©Mikel Aboitiz

1 ene 2012

En menos de 101 palabras (sin título ni frase inicial)



Orgullo comercial

Una clienta entregó su número. Apenas lo miró, el carnicero levantó una ceja y escuchó:
– Tres cuartos de cadera.
El fornido vendedor tomó una Nancy del estante y de un hachazo le sesgó la cadera; pesó y cobró. Otro cliente pidió unas manitas de Famosa y el dependiente aplicó el hacha a los pies de un muñeco regordete. No olía a sangre como en la sucia juguetería de la acera de enfrente. El bigotudo carnicero miró orgulloso hacia ella por encima de los clientes, alzó una ceja altivo y fue a buscar unas morcillas al frigorífico de la Barbie.

©Mikel Aboitiz


23 dic 2011

En menos de 101 palabras (sin título ni frase inicial)



Alas para estos burros sin sensibilidad

Pronto tendrían que pedir de nuevo una ambulancia. No daba abasto con tanto dolor de espalda. Era una epidemia. Los más graves debían ser trasladados. Cuestión de horas. Tarde o temprano llegaría un paciente y el médico rural descubriría otra vez el nacimiento de unas alas. «Sí, otras alas» –pensó. Recordó su consulta anterior de la ciudad donde en una ocasión las viera aparecer en la espalda de aquel hermano franciscano, esa alma delicada. «Pero tantos casos...¡En un pueblo de gentes sin sensibilidad!» –gruñó. De un pescozón despachó al paciente (solo tenía dolores, no alas), escupió en una maceta y voceó: «¡el siguiente!»

©Mikel Aboitiz

13 dic 2011

En menos de 101 palabras (sin frase inicial)


Rutinaria función diaria

Cuando oyó pedir una ambulancia soltó aliviado la hoja. El apuntador se frotó cansado los ojos enrojecidos. Al albor de la noche, terminada la función de las ocho, comenzaba para él el día. Pálido como un muerto salió del cubículo. Quedaba explorar la noche perdiéndose en el laberinto de innumerables vasos de tinto, oscuro como la sala antes de encenderse de nuevo las luces y subirse el telón. Con pulso tembloroso y dolor de cabeza estaría ahí de nuevo en su puesto, agotado, leyendo textos olvidados dentro de los vasos apurados poco antes de aprovechar unas miserables horas de sueño diurnas. Pronto tendrían que pedir otra vez una ambulancia.

©Mikel Aboitiz



5 dic 2011

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Nervios

Cerró la tapa y no olvidó tirar de la cadena. Los otros comensales le extrañarían ya. En la mesa la plata de la cubertería relucía a la lumbre de las velas, mientras los jefazos esperaban ansiosos. El empleado del año, atenazado por los nervios, desplegó una cuartilla con su discurso junto al lavabo. Repasando, corrigió el lazo de la pajarita. Allí dentro olía a jabones lujosos. Sudaba. Mojó la nuca bajo el grifo, tratando de recordar las primeras palabras que diría. El olor a ambientador le mareó. Se llevó las manos al estómago antes de descorrer el pestillo y desplomarse. Cuando oyó pedir una ambulancia soltó aliviado la hoja.



©Mikel Aboitiz

29 nov 2011

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Bajar de una nube

Y se quedó adormilada viendo caer la niebla. Estaba en el cielo, sentada sobre una nube esponjosa. Miró hacia sus pies: miríadas de lucecillas iluminaban la ciudad, una mancha difusa en el paisaje nocturno. Supo entonces que soñaba. Con el ruido del agua caliente corriendo en la bañera acabó de despertar. El vaho del agua había empañado el espejo. Miró abajo y alcanzó el rollo de papel higiénico de entre sus pies. La vida terrena era inmunda. Bostezó largamente, cerró el grifo y frente al espejo, contemplando su rostro abotagado y borroso, decidió no abusar de los tranquilizantes. Cerró la tapa y no olvidó tirar de la cadena.

©Mikel Aboitiz

23 nov 2011

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Mirando el valle por la ventana

Seguramente le esperaba una exótica larga temporada. Apegada a su pueblo se negaba –¡a su edad!– a abandonarlo para volar, además, hasta el extranjero. Su hija le atendería. Ya no estaría sola con la cabra Micaela viendo posarse la neblina al ponerse el sol. En una ciudad grande, rara, sin sus árboles arrebolados al amanecer. ¿Cómo dejarse curar por médicos a los que no entendería? Su hija era una cabeza loca. Ya se lo advirtió cuando emigró: aquí, lo que quieras. Allá, no cuentes conmigo. Miró las pupilas alargadas de Micaela y le dijo: no vuelo ni atada. Y se quedó adormilada viendo caer la niebla.



©Mikel Aboitiz


21 nov 2011

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La otra cara del espejo roto

Hubiera jurado que era la 320. Miró de nuevo la página del catálogo para asegurarse. Cada foto incluía un número, pues el nombre de las candidatas era impronunciable. Al fin, simulando decisión, señaló una de arriba, la 302. El agente lo anotó diligente y, carraspeando, le tendió unos documentos para que firmara sin demora. El cliente salió soñador del despacho con la promesa de unas exóticas vacaciones. Se sentía otro: alto y hasta guapo. Poco después, al otro lado del planeta sonó un teléfono. Una mujer de voz cansada respondió sin entusiasmo a la oferta de matrimonio del agente. Seguramente le esperaba una exótica larga temporada.

©Mikel Aboitiz 


14 nov 2011

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Esos pequeños detalles

Ya no tenía que pensar. Lo había adivinado. Con voz estentórea anunció: “Domingo Restrepo Alonso” y la sala del teatro se vino abajo con los aplausos. ¡Aquel hombre tenía la guía telefónica de México D.F. en la cabeza! Entre vítores y bengalas, el presentador corrió hacia él perseguido por un cañón de luz. El notario aplaudía satisfecho, la gente pateaba la tarima. Después de los parabienes y muestras de respeto le condujeron a su hotel. Casi desmayado de admiración, el recepcionista le entregó la llave. En la chapita se leía un 328. La tomó y sonrió para sí: hubiera jurado que era la 320.
©Mikel Aboitiz

7 nov 2011

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Paz interior

Abrió, y con una amplia sonrisa, recibió a los agentes. Los policías entre los que luego bajó esposado las escaleras no llevaban uniforme, pero los bultos bajo las americanas delataban que iban armados. A él le pareció algo exagerado. Toda la situación lo era. El forense tapándose la nariz con un pañuelo; abajo las ambulancias, un coche de bomberos y curiosos agolpándose en las aceras. Se sentía muy tranquilo. Incluso le había dado tiempo a afeitarse. Sabía que la bañera saldría en la portada de todos los diarios. En la calle una lluvia de flashes le cegó. Cerró los ojos y respiró aliviado, dejándose llevar. Ya no tenía que pensar.

©Mikel Aboitiz

31 oct 2011

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Lavarse las manos con fuego 
Tiñéndolos de un tono similar a un sonrojo, las llamas de la chimenea devoraban los documentos inculpatorios. Sudoroso, agobiado, se afanaba por avivar el fuego antes de que llegara la policía. Pasados unos minutos, llamaron a la puerta. Miró desconcertado hacia ella y luego a las llamas. De nuevo a la puerta. Un silencio de vértigo se rompió con el crepitar del fuego. Sonaron dos golpes más. La suerte estaba echada. Se restañó el sudor, ajustó la corbata y con la mano aún descansando en el pomo de la puerta, pensó en lo inexorable de las leyes naturales. Abrió y, con una amplia sonrisa, recibió a los agentes. 
 ©Mikel Aboitiz